Sangue Sabur: voces femeninas desde el dolor

Un grito callado, una pasión ahogada, siglos de rabia y un corazón de vida que late en canción. Debajo de la piel hay sangre, miradas y voz.


Por Ricardo Pineda A. (@PinedayAguilar)


Foto: Argel Ahumada de Mendoza


Dentro de la mitología persa, abunda una leyenda con ciertas variantes que suele atender o referir a Sangue Sabur, una piedra milenaria con poderes mágicos que tiene la capacidad de absorber y escuchar nuestras propias desgracias, miserias y sufrimientos, así como todo aquello que no se quiere o no se puede decir. Se dice que un día, de tantas confesiones, secretos y dolores, la piedra no aguanta más y explota, liberando todo aquello.


Mejor conocido como la piedra de la paciencia, el mito de una suerte de esponja que absorbe, contiene y estalla ha estado presente en la humanidad a través de distintos nombres y lugares, rondando lo mismo el judeocristianismo que en la cultura oriental (un ave china de nombre Jīng wèi tián hǎi).


Quizás alguien que ha revertido, o mejor dicho empleado, esa figura y le ha dado un rostro humano es el escritor Atiq Rahimi, quien toma la leyenda para hablar del papel de la mujer en la cultura musulmana contemporánea en el libro del mismo título, mismo que a la postre se llevó a la pantalla grande. Resulta paradigmático cómo a partir de una cosmovisión enraizada en Afganistán, Rahimi logra hablar de una universalidad dolorosa y contundente: históricamente, la mujer ha sido la piedra de la paciencia, el soporte de la desgracia, un grito callado en la oscuridad milenaria sin poder de réplica. La piedra de la paciencia, el libro, logra poner en el papel de esa piedra a la mujer, luego al hombre, para posteriormente lograr una liberación...aunque ésta sea simbólica o en las páginas de un libro.


En el día a día sabemos que las cosas son distintas, o peor aún, que llevan siglos sin cambiar. Sin embargo, la música ha estado ahí, como una extensión de lo que las cosas pudieran ser, quisieran que fuéramos o son. Catalizadores. Y en las canciones siempre hallaremos una morada, un cobijo con espinas, una angustia que clama por ser liberada o un mar que se intenta secar con granos de arena.


Quizás las canciones más desnudas, más cercanas, más universales en su patria más íntima, las podríamos vivir fuera de un reflector, un chart, una lista en boga. Aunque la grandeza y el éxito proveniente del dolor tampoco significan gran cosa. Alguna vez Bob Dylan hizo el apunte de cuando Billie Holiday estrenó “Strange Fruit” nadie aplaudió. Los sucesos y las leyendas, a veces están llenos de matices innecesarios, cuando el terreno es muy parejo.


El dolor de una es un pozo constelado... Las Chavela Vargas, las Fiona Apple o las Maria Calas del mundo. Pero a veces, también, el dolor femenino en forma de canción tiende a ser un ave monumental que eclipsa todas ganas de lucir un ego y adueñarse del escenario de los “artistas”, “cantantes” y especímenes varios que hoy cohabitan en esa extraña cosa autodenominada “industria musical”.


Pensar por ejemplo en toda esa belleza atípica, glamourosa e intoxicada que Nico vivió en sus años Warhol Underground, para dar pie a una época oscura, gélida y con las rocas del pasado esperando pasar factura. Resulta irónico conocer la cara de la alemana Christa Päffgen, una voz parca y sensible venida de los horrores de la guerra y el machismo de su tiempo, para encallar en un barco mucho más astillado que las odas nostálgicas y melancólicas del Chelsea Girl (1967). Esa temporada de la década de los setenta, en especial Desertshore (1970) y The End (1974), es un descenso profundo del alma, un estado de ánimo definitivo para el final de los tiempos.


Resulta duro pensar en el dolor en la música como un entretenimiento, como un deporte en pos de conmover a los demás; de establecer una sintonía del corazón que el otro no posee. Un crisol opaco, ahumado… un cuarzo resquebrajado, a lo mejor. Las canciones de dolor son un grito colectivo desde lo individual, una rabia guardada también es. El caso de Holiday arriba mencionado ilustra y encuentra en Matana Roberts un eco brutal, que se vale del jazz para ponderar algo más urgente.


La voz femenina tiene eso indecible, eso invisible que dice más, dice mejor, dice sin decir...no necesita decir. Es múltiple y sutil, es fuerte y sin posturas. ¿Quién es uno para decir Inga Copeland sí pero Amy Winehouse no?, ¿Ana Gabriel sí pero Cat Power sólo la de la etapa alcohólica? Estampitas, fichitas, entretenimiento... El dolor es también intentar y nunca lograr, guardando un ruiseñor en el bolsillo agujereado.


A veces, sólo a veces, el dolor también es dulzura y anhela. Una vida sin tormento que sólo es herida abierta: corazón que invita.


“Cuando voy por Baltimore

No necesito alfombra en mi piso

Ven y sígueme

Bajaremos a Galilea


Camino rocoso verde y verde

Estás paseando verde

Dime a quién amas

Dime a quién amas”.

¿Qué será que el dolor en drama de la cruz o la herencia de un pueblo? Qué será que la curandera es madre, doctora, piedra silente...angustia de milenios contenidos. Qué será que el sesgo y la llaga, que el bálsamo y el corazón.


A veces, detrás del reflector, la noche da más espacio para poder soltar aquello que se quiere sin demasiada ambición. Eso a veces deriva en una falta de ambición; sólo encontrarse con el final de las cosas en medio de la noche para tender una mano amiga, para ahogarnos y que un día, la canción nos encuentre. El folk se ha prestado históricamente para ello, Joanne Robertson sabe del vapor del aire, el dolor la comunica con aquello. Sara Davachi y Felicia Atkinson quizás exploran, de una manera muy personal y a veces intelectual, ese dolor en flor que se comprende desde el universo femenino particular, uno que la francesa Eliane Radigue ha tenido el tino de encarnar como un drone interminable para catalizar la muerte de su hijo.


Pero quizás Sibylle Baier sea una de esas voces que más comprime el corazón de una forma comprimida y delicada. Imaginar que en 2006, en Alemania, tu hijo de 30 años rescata de 1973 un registro para un regalo familiar. El dolor es un sueño que viaja en el tiempo también.


Y si hablamos de voces perdidas entre la guerra fría y traías a cuento, habrá que remitirnos también a esa dulce nostalgia estoniana que remite a detener el tiempo. Una canción que no es la favorita de una poeta que recuerda a la muerte de su madre a edad temprana, pasando varios años en un orfanato antes de ser devuelta a su padre. El dolor es eso: ganas de detener el tiempo, volverse una concha y no abrir jamás.


Miradas extraviadas, nervios despedazados, rodillas bailarinas y cigarrillos a la espera de nada. Otro punto de vista, otra sensibilidad, fragilidad y belleza folk. Lo que Annette Peacock ha logrado en el free jazz o Lal Waterson y Shirley Collins en el ala británica, Kath Bloom lo ha sabido decantar en forma de una dulzura que hiere sin compromiso.


Del halo latinoamericano también hay mucho dolor, aunque en el pop y el rock abundan los temas del corazón filial, esos que se han venido cayendo a pedacitos con los años. Aunque no hay en todo el español un rasguño del alma tan potente como “Maligno”, de Aterciopelados, ni creo que se haya escrito un corazón tan atravesadamente chilango que “Corazón de cacto”, de Cecilia Toussaint.


“El amor como un nubarrón

Llueve recio y tupido y luego se va

Y si llega a quedarse se va evaporando... se va”.


Y ahora que andábamos acordándonos de México y su dolor, de esas cosas que detestamos que sean sólo porque así nos cayeron del cielo, de la iglesia o de la casa, el dolor también es una búsqueda ansiosa que a veces Arroba Nat sabe traer al 2020 y que recientemente alguien de nombre Ana Cristina Pérez (Crisantemos) ha tocado entre la naturaleza (herida) y el discurrir electrónico del alma. Luisa Almaguer ha tenido un tino afilado para gozar ese dolor desde la hora mágica...la más básica...cómo me caga cuando te vas… que otro sea lo normal.


El dolor femenino es, también, una reconstrucción de la destrucción, una antítesis de la deconstrucción y una Ana Roxanne indagando en su flor familiar desde las postrimerías abismales, sin ganas de medirse el canon técnico con nadie…o sin ganas de nada, ni de un trago para pasar la oscuridad a la que a veces invitaba Patty Waters, Josephine Foster que sólo quería la luna, Sandy Denny que hacía del piano noche improlongable...todas ellas viven aún en el decoro y en la filigrana más prístina de un alma oscilante.


Esa rabia negra de Odetta, ese misticismo que abre un portal hacia el dolor muerto en Annabel (Lee), o la resistencia inquebrantable pero siempre a punto de romperse de Leticia Servín...un puñal dorao de Carmen Linares. Cambiaste el oro por plata. Piedra, angustia, dolor, polvo… ahora estás liberada.




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