The Rolling Stones: Un pozole para chuparse los cuernos.

Por: Alejandro González Castillo.



Foto: RS


Levanté el plato del suelo y con la mano barrí la capa de polvo que tapizaba su portada. Encontré a Mick. El rostro cubierto con una sábana semitransparente, en estado éxtasis. Subiendo la mirada, en la parte superior izquierda del disco las dudas se aclaraban: The Rolling Stones, podía leerse. Volteé a ver al dueño del puesto ambulante, pregunté por el precio del álbum y me retiré corriendo, esquivando concheros, brujos y artesanos a toda prisa. Me hallaba a un costado de la Catedral Metropolitana, a pocos pasos de los restos del Templo Mayor, e iba dejando atrás a uno de los múltiples chamanes que lo mismo hacían limpias que vendían obsidianas puntiagudas y cháchara de toda especie.


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Finalmente encontré a mi padre en el zócalo. Sobresalía de la multitud; era alto, mucho más que yo. Lo jalé del hombro y le di la noticia, urgido. “Allá tienen un disco de los Rolling Stones, está barato”, le dije. Es decir, le piqué las costillas para que me diera dinero y lo compráramos. Volví con el vendedor, un exiliado de Avándaro con el cuero cobrizo y la mata anudada; “está chingón ese disco”, me soltó al recibir los billetes que le di y despedirnos; aunque al llegar a casa tuve que aguantarme las ganas de escucharlo. El tocadiscos estaba en la sala y carecía de entrada para audífonos, imposible poner música mientras el resto de la familia veía la televisión. Era domingo y obvio, llegamos a ver Siempre en Domingo.

Goats head soup fue el primer disco que escuché de los Stones con el que me sentí desilusionado. La verdad es que al darle vueltas no me gustó. A excepción de “Angie”, lo encontré aburrido. No alcanzaba a entender que el velo con el que Jagger cubre su rostro en la tapa es el mismo que envuelve al cancionero en su totalidad; la cortina que impide a los escuchas impacientes enterarse de que tras ella satanismo, drogas y sexo un trío bien caliente protagonizan. “En esa época todos nos drogábamos. Estábamos en un periodo vacacional, no del todo concentrados en los procesos creativos”, contaría Mick cierta vez. ¿Una total falta de compromiso frente al arte; absoluta ausencia de respecto hacia el escucha? No si recordamos que se trata de los Stones.


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En realidad el onceavo álbum de los entonces ya veteranos Mick, Keith, Bill y Charlie (Mick Taylor era el bebé de la banda) es un trabajo especial debido a que, más allá de su variopinto contenido, de manera intrínseca clausura una era para sus autores, una época gloriosa que alcanzó sus más altas cuotas de la mano de Let it bleed, Sticky fingers y Exile on Main St. Goats head soup le pone candado al portón de esa mansión donde el combo se encerró para seguírsela, para prolongar la juerga con tal de impedir que la resaca de los años sesenta hiciera de las suyas. De modo que escuchar hoy día ese trabajo, a 47 años de su edición, con las nuevas mezclas, tomas en directo y rarezas que sus autores han puesto a nuestro alcance, significa comprender que para despedirse de una parranda de las rudas, de esas que se prolongan por años, se requiere estilo.



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Y vaya que la farra estaba buena. Preguntémoselo a Jimmy Miller, quien venía produciendo a la banda desde Sticky fingers y que a esas alturas ya se había vuelto un adicto hecho y derecho gracias a Richards y su camaradas. Por su lado, además de atascarse con lo que a las manos les llegara, los Stones llevaban rato eludiendo a los embargadores de Hacienda, así que con tal de no pagar impuestos se fueron a Jamaica, a concentrarse en un sitio distante de los lujos a los que estaban acostumbrados: los Dynamic Sound Studios. Luego, con los esqueletos de algunas canciones de pie, se mudaron a Los Angeles y finalmente a Londres. El periplo lo llevaron a cabo con la ayuda de músicos de gordo calibre: Billy Preston, Bobby Keys, Nicky Hopkins, Ian Stewart, Jim Horn y el mencionado, y bien pasado, Miller.



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Naturalmente en su momento se adivinó el arribo de una obra con tufo de reggae, debido a la estadía del grupo en Kingston, sin embargo el resultado fue otro. Hoy día podría decirse que se trata de un cancionero de transición, aunque eso no se traduce en composiciones de medio pelo. Sazonado a lo funky-punkie, con las hierbas propias del soul y, claro, la manteca del blues que los Glimmers Twins producían en su satánica granja (“Hide your love” es sustancioso ejemplo), el disco tiene en el wah la fogata ideal para que la cazuela con la cabeza de cabra agarre hervor. Así, resalta el brío de “Doo doo doo doo doo (Heartbreaker)” (quienes la llaman hija menor de “Brown sugar”, por favor, métanse una llave a la oreja y calen con el oído limpio) y el homenaje genital a Chuck Berry que simboliza “Star star”; aunque si se atiende con cuidado “Dancing with Mr. D” es posible localizar la semilla de “Miss you”, al tiempo que “Coming down” y “Winter” escolta le hacen a “Angie” para que “Silver train” le ponga el toque country al caldo.


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Total, que el pozole está como para chuparse los cuernos. Aunque, por si fuese poco, tres gemas se adhieren al recalentado de este 2020: “All the rage”, “Criss cross” y “Scarlet”, la última con la guitarra de Jimmy Page como jefa y un videoclip sin madre protagonizado por un borracho Paul Mescal, dando traspiés en un hotel (bueno, hay que mencionar igual que la morenaza azucarada del clip de “Criss cross” merece unas cuatro miradas). Tan sólo por ese trío portentoso la re edición agarra un fulgor especial, pero hay más: un directo registrado en octubre de 1973, en la Forest National Arena, en Bélgica. Una grabación que, en efecto, durante años corrió entre las manos de los coleccionistas en versión pirata, bajo el nombre de Brussels affaire. Por otro camino, de los remixes que a The War on Drugs y The Killers se acreditan, de la ya mencionada “Scarlet”, bueno, mejor no hablar. Dejémoslo así: escucharlos es como si una mosca panteonera se acercara al plato cuando estamos a punto de llevarnos la primera cucharada del brebaje de cabra cabezona a la boca.





Supongo que a estas alturas huelga decir que al paso del tiempo le he agarrado harto gusto al Goats head soup. Lo que no sobra es platicar, a modo de cierre, es que con las oídas descubrí por qué siempre que me acerco a él una postal del zócalo capitalino se planta en mi cabeza. Y el asunto va más allá de la anécdota con la que arranca este texto: “Can you hear the music”, el décimo track del plato -y aquí recurro a la imaginación del chamaco de quince años que fui, aquél que escuchó este álbum por vez primera tras comprárselo a un correoso jipiteca- abre con un triángulo, de los que usan los vendedores de alegrías para atraer clientes; pero además presume una flauta, créanme, de aire precolombino.



Ante mis oídos, está claro que en esos días los Stones se dieron un rol por el zócalo. El tema de marras los delata porque el instrumento de viento parece de verdad empuñado por un conchero de los que resguardan el Templo Mayor y, para colmo, pasados los cinco minutos su ejecutante (Jim Horn) se extravía en las sombras con un fade out intrigante, un desvanecimiento que invita a danzar protegido por la piel de un venado cabreado hacia el inframundo, entre escabrosas percusiones.




Y sí, tal vez ya estoy divagando. Y sí, seguramente, como los norteños dijeran, “ya me la bañé”. Pero, vaya, la verdad es que nada me importa que los estudiosos del etno rock hayan leído esto con cara de ¿¡what?!


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