De cómo el soul salvó mi alma

Por Bernardo Esquinca (@bernardo.esquinca)


Para la Princesa del Chícharo, que también me salvó


No sé qué hubiera sido de mí durante este largo confinamiento sin la música. Tal vez ya habría intentado suicidarme ingiriendo un litro tras otro de helado de dulce de leche o con una sobredosis de panqué de limón. Lo cual no me mataría pero seguro me daría diabetes. Ahora mismo, mientras escribo este artículo, escucho un playlist que hice en Spotify titulado “Ajusco”, de música soul y cantantes clásicos como Al Green, Bill Whiters, Otis Redding, y adiciones más recientes como Amy Winehouse y Janelle Monáe.



La titulé “Ajusco” porque el único viaje que me he permitido durante estos nueve meses ha sido una escapada a una cabaña en el bosque, cuyo resultado fue una hipotermia porque estaba helando como en el Polo Norte, y una intoxicación con el humo de la chimenea y las fogatas que mi espíritu pirómano se empeñó en mantener encendidas más allá de lo aconsejable. Pero este texto no se trata de presumirles mi lado aventurero, sino de hablarles de la música que, literalmente, me ha salvado.



Al inicio de la pandemia me puse a ver viejos conciertos en YouTube de mis bandas y músicos favoritos: Genesis, PJ Harvey, David Bowie. Incluso, en un ataque de nostalgia cursi, vi obsesivamente videos de Olivia Newton-John, mi amor de la infancia. Pero me di cuenta que eso no bastaba. Necesitaba ser partícipe de algún modo. Al no poder acudir a ningún concierto en vivo ni ser DJ en algún bar, como sucedía en el Mundo de Antes, me consagré en cuerpo y alma a confeccionar playlists en Spotify. “Super Groovy Times”, por ejemplo, fue pensada para inyectarme una vital dosis de buen ánimo cuando me pongo a limpiar la casa: termino barriendo y trapeado al ritmo de Foster The People o Fun Lovin’ Criminals. Limpio fatal, pero mis coreografías han mejorado notablemente. (Ahora que lo pienso, bailar también me ha ayudado: bailo mientras hago el aseo, bailo con mi hija, bailo con la Princesa del Chícharo o bailo solo. Y no se puede bailar sin música). “Writers Room” fue planeada para acompañarme durante la escritura de guiones, que no me requiere igual concentración que la realización de cuentos o novelas. Aporreo el teclado al son de LCD Soundsystem, The Rapture, Hot Chip y MGMT; lo cual me hace creer que debería escribir historias del tipo de 24 Hour Party People en lugar de tramas de terror.


Por supuesto, no soy el único que ha invertido su tiempo de procrastinación haciendo listas de música. Ya hablé antes en este espacio del titán Jarvis; también mi querido amigo Leonardo Tarifeño, periodista, DJ profesional y colaborador de Gunk, ha realizado varios “pandemix” en Spotify, con una marcada tendencia por el funk y otros ritmos ponedebuenas. De hecho, uno de los playlists de los que me siento más orgulloso es una curaduría que hice entre un set del ex frontman de Pulp y otro de Tarifeño, al que titulé “Jarvis vs Leo”, en lo que fue un ejercicio de apropiación pero también de honesto homenaje.



Si ustedes sienten igual que yo —y supongo que lo hacen porque frecuentan un sitio como este— y necesitan de la música para tranquilizarse mientras esperan las vacunas al final del túnel, dense una vuelta por mi Spotify, donde hay más de 40 playlists confeccionadas antes y durante la pandemia. Si los pongo a bailar entonces no habré perdido tanto mi tiempo.