Paul McCartney y 'Flaming Pie': pastel de pollo para el alma

Con Flaming Pie, Paul se asoma a nuestra alma montando un pastelito con lumbre y, a 23 años de su aparición y recién relanzado en edición de lujo, aún aplaudimos su franqueza y nos emocionamos.


Por Alejandro González Castillo


Podría confundirse con un arrebato, pero quien esto apunta considera a “Somedays” como una de las canciones más bellas que existen no sólo en el frondoso catálogo de su autor, Paul McCartney, sino en el cancionero universal de la música popular acuñada en el siglo XX. Dueña de una simpleza lírica tan honda como avasalladora, la composición posee, además, una interpretación que cala como hielo molido con los dientes, frase tras frase. “Somedays I look into your soul”, confiesa Paul, al fin, aceptando que para asomarse al alma del hombre, para abrirse campo ante el cuero duro de los huraños, basta con usar la afilada daga de la franqueza.



Sorprende enterarse los términos bajo los cuales fue creado el tema de marras. Mientras su esposa Linda trabajaba en una sesión de fotos, McCartney tomó la guitarra y se puso como límite un par de horas para escribir una canción. Su objetivo era sencillo; cuando su pareja volviese y le preguntara si se había aburrido esperándola, él le contestaría que no, para rematar: 'de hecho escribí una canción, ¿quieres oírla?' La cosa es que no sólo Linda terminaría escuchando dicha pieza, sino George Martin. “Veo que no has perdido el toque”, le comentaría a Paul meses después para así agregarle al tema un bello arreglo orquestal y éste terminara formando parte del álbum que el compositor estaba amalgamando y que en 1997 saldría a la luz: Flaming Pie.

Recién ha sido puesta a la venta una nueva versión de dicho plato (cuya más refinada presentación consta de una caja con 4 LP´s, 5 discos compactos, dos DVD´s, un libro y harta memorabilia para enmarcar y de por vida presumir en la sala de casa), y tras escuchar los 14 temas que éste incluye, con el impulso de la remasterización, no resta más que suspirar. Se está ante un trabajo de producción impecable gracias al propio Paul y su aliado tras la consola en la era beatle, George Martin, una obra que se goza con la mira en las nubes y los oídos cerca de la tierra. Especialmente cuando llega la hora de atender demos y mezclas rudas que permiten completar un mapa que fue diseñado a paso raudo, aunque esto no significa que carezca de detalles. De ahí que señale con precisión dónde se localizan los confines del recuerdo y la esperanza: la tierra prometida de los soñadores.



Volviendo al caso de la mencionada “Somedays”, éste no resulta excepcional. En realidad así solían trabajar los Beatles, en especial John Lennon y Paul McCartney, cuando la beatlemanía azotaba al mundo. La dupla escribía canción tras canción con las yemas llagadas y el reloj tosiéndole segundos sobre la espalda. En la primera etapa de su carrera con los Beatles, infinitos compromisos le impedían a ese par sentarse con calma a pulir sus composiciones, de modo que tras apresurarse garabateando letras y trazando acordes, la pareja se juntaba con George Harrison y Ring Starr para grabar, siempre con el acelerador a fondo. Finalmente los temas tenían que salir bien, muy bien, y a la primera, como pan que, una vez fuera del horno, se distribuía por carretadas en las tiendas de discos de todo el planeta. Pasteles flameantes para corazones de pollo.

Ese método de trabajo fue recordado por Paul en 1995, cuando un mastodóntico proyecto titulado Anthology fue confeccionado y, al lado de Harrison y Starr, reanimó un par de fantasmas vocales de Lennon (“Real Love” y “Free as a Bird”) con Yoko Ono como medium. Conmovido por los viejos tiempos, fue dándole forma al disco que sucedería al espléndido Off the Ground, aunque, a diferencia de éste, la nueva obra adquiriría un fulgor meditabundo, una tonalidad ocre, muy de fogata y anécdotas atizadas con guitarra de palo. El zurdo no quería tomársela tan en serio esa vez, buscaba llevársela leve; echar un telefonazo a un puñado de amigos, reírse, pasarla bien en el estudio de grabación. Lo necesitaba: Linda luchaba contra el cáncer, los días no lucían tan soleados como antes.

Pero, ¿a qué clase de camaradas podría recurrir un personaje como Paul? Pues a puro picudo. Jeff Lynne, Steve Miller, Geoff Emerick, George Martin, David Snell y, claro, su eterna amada, Linda. Pero ya encarrerado, incluso su propio hijo, James McCartney, y Ringo fueron invitados a acercarse al horno, al fogón del tipo del pastel en llamas. Alguna vez Lennon dijo que el nombre de The Beatles llegó como una visión, cuando un sujeto montado en un pastel ardiente se les apareció de la nada para así bautizarlos. Décadas después, McCartney decidió que él mismo se transformaría en ese hombre de la tarta. Así, tal como sucedió cuando debutó en solitario en 1970, él mismo se encargaría de tocar prácticamente todos los instrumentos que forma darían a las catorce canciones que integran un disco que en su momento muy poca promoción tendría, pues el sello discográfico del bajista estaba ocupado sacándole todo el jugo posible a Anthology.



De esta manera, a la larga Flaming Pie se convertiría en un plato más o menos subvaluado por muchos escuchas. Injusto hecho, hay que decir, porque la realidad es que se trata de uno de los mejores discos de Macca. Abriendo en Jamaica y cerrando en Sussex. Desde “The Song We Were Singing” hasta “Great Day”. Se trata de un álbum que comienza con bocanadas de humo y tragos de vino, buscando soluciones cósmicas a los problemas de la humanidad, y culmina con el vaticinio de enfrentar un futuro brillante desde la modestia que otorga tallarse los ojos apenas se sale de la cama. Posee algo del ambiente sepia del Harvest, de Neil Young, y otro tanto del alma acústica, brillosa y críptica de Automatic for the People, de REM. Marida temple y tristeza, infortunio y magia, nostalgia y pasión. Por ratos se asoma como un tratado de honestidad infame. En ese rol, con todas las reservas, bien podría colocarse junto a lo hecho por John en Plastic Ono Band.

Porque ya se sabe, al tal Paul siempre se le ha dificultado desnudar el pecho. Por eso inventa personajes e incluso juegos verbales sin sentido (los localizados en “The World Tonight” los justifica refiriendo lo que solía sostener con Lennon: cierto, hay letras que francamente no sabemos qué quieren decir, pero sabemos lo que quisimos decir), sin embargo no es difícil notar que esa naturaleza primitiva que “Calico Skies” ostenta, producto de la urgencia de concretar una canción mientras un huracán azotaba Long Island, es una placa de rayos x donde se trasluce el amor que el inglés sentía por Linda. Lo mismo ocurre con “Heaven on a Sunday”, el retrato fiel de un apaciguado paseo en bote (los placeres de ser rockstar al descubierto, sin pena) que incluye la guitarra del vástago James; y ni hablar de “Little Willow”, una carta a corazón abierto dirigida a los hijos de la entonces recién fallecida Maureen, la primera esposa de Ringo.



“If You Wanna” es una canción para cruzar el desierto a bordo de un Cadillac con el espíritu de Prince como copiloto. En ella es posible notar lo bien que Paul y Steve combinan, una fórmula que se repite en “Used To Be Bad” y “Young Boy”; la primera, el ansiado segundo round del palomazo que Miller y Macca protagonizaron en 1969 (“My Dark Hour” es el resultado); mientras tanto, la segunda significa un amasiato de talentos que alcanza cuotas sobresalientes en esa, una tonada encantadora que Paul construyó pensando en un jovencito que busca el amor, pero que sin problema encaja en un tipo de 36 años de edad como en uno de 67. Detalle importante: la canción fue acaba en pocos minutos, mientras Linda preparaba un lunch. Mención aparte merecen “Souvenir”, la favorita de Paul de todo el disco, además de homenaje a Wilson Picket, y “Beautiful night” (atención a la emocionante versión alterna que se incluye en el empaque especial), cuyo germen se localiza en 1986 y que con el auxilio de Ringo ofrece motivos para seguírsela con “Really love you” y su improvisación blueseada y kilométrica.

“Este año no requeriremos un disco tuyo”, le indicaron los capos disqueros a Paul a mediados de los años 90, pues estaban con toda la maquinaria lista para coordinar lo que la Anthology beatle producía. Sin embargo, McCartney siguió en lo suyo, que es lo de siempre: hacer canciones, crear sin detenerse. Así pasó: uno de los responsables de que las dinámicas de la industria del espectáculo sean como son, decidió ignorar tiempos preestablecidos, planes estratégicos, y simplemente le dio cauce a lo que le bullía. Con Flaming Pie, Paul se asoma a nuestra alma montando un pastelito con lumbre y, a 23 años de su edición original, aún aplaudimos su franqueza y, obvio, nos emocionamos. Porque somos cómplices, porque notamos que lo suyo es real y sabemos —como el mismo Macca apunta en “Somedays”—, bien que sabemos cómo se siente traer un sentimiento cierto atorado, bien adentro.


Gunk

Legal

Redes

Jab

Hook

Blast

  • Instagram - Círculo Blanco
  • Facebook - círculo blanco
  • Twitter - círculo blanco

Contacto

Leak

© 2020 Gunk