Nodriza Estudio: así nace una escena

En el primer cuadro de la ciudad de Monterrey se encuentra Nodriza Estudio, un espacio que ha logrado colocarse como uno de los principales foros de música emergente y referente de la escena independiente en la ciudad. Pero, ¿cómo llega ahí? Aquí, Xóchitl Jasso recoge distintas voces que dan testimonio de lo que ha acontecido ahí desde su inicio hasta la fecha.


Por Xóchitl Jasso (@XoJasso)


Primero la intención

Era 2010 y en la ciudad se respiraba pólvora. En un entorno cotidiano de balaceras y ejecuciones a causa de la guerra entre el Gobierno federal y los carteles del narco, los espacios para el esparcimiento fueron desapareciendo, al igual que las personas. Muchos de los lugares donde se tocaba rock, y que hasta entonces habían resistido, sucumbieron ante el terror y las balas.

Las opciones para las bandas originales se reducían a tocar en casas o en los mismos lugares de siempre, entre ellos el legendario Café Iguana, foro donde tocaron por primera vez muchas de las bandas de la muy mencionada Avanzada Regia.

En ese contexto, a César Meléndez y Javier “Javo” Onofre, dos amigos y especialistas en audio, les ronda la idea de armar un estudio de grabación. El plan tomó fuerza en el 2009, mientras ambos estudiaban audio en España.

Una vez en Monterrey, encuentran el lugar ideal para aterrizar el proyecto en el segundo piso de un edificio de dos niveles, en Matamoros 534. Era, básicamente, un pasillo de paredes blancas lleno de mesas y retazos de tela. El primer reto fue habilitarlo. Primero contrataron a unos arquitectos, pero ante su desconocimiento de la acústica llamaron a un ingeniero acústico. Montar el estudio y lograr que sonara bien les tomó un año.

La decisión de habilitar el resto del espacio como foro se debió, de cierta manera, a la insistencia de las bandas que llegaban al estudio y una necesidad personal de seguir tocando. Comenzaron improvisando tocadas entre amigos. Finalmente, en 2011, Nodriza se estrenó como anfitrión, ofreciendo el escenario a proyectos emergentes de propuesta original. La idea, dice César, era ofrecer un “lugar donde las bandas se sintieran cómodas para ir a tocar”.

La prioridad siempre fue el sonido. “A lo mejor el lugar no va a estar tan cómodo para la gente, pero la banda se tiene que subir, estar a gusto y pasársela chido. Éramos músicos, sabíamos las necesidades que tenían”, dice Javo.



Un lugar para reunirse

No era fácil encontrar el lugar, no había anuncio ni señal; a no ser por el movimiento inusual de personas cada fin de semana, era difícil advertir que ahí había algo más. Las razones para la clandestinidad: un estudio no necesita un anuncio, debería bastar con el “boca en boca”. Además, en ese contexto, pasar desapercibidos era una ventaja.

Mientras subías las escaleras tenías que esquivar gente al paso. Afuera no había más que voces. Si ibas por primera vez, era ahí el punto en el que dudabas de estar en la dirección correcta. En la entrada había un pequeño espacio que servía de vestíbulo-taquilla-baños, separado del resto por una puerta. No había sillas ni mesas. Era un pasillo con murales que llevaba a un improvisado escenario iluminado por un cielo de lámparas piramidales. Un lugar estrecho donde los sudores se agudizaban y la música enmudecía las conversaciones.

Carente de comodidades y excentricidades hipster, el lugar fue tomando un estilo ecléctico y una identidad propia representada, primero, por el perfil de quienes lo frecuentaban —músicos, artistas visuales, melómanos...; gente relacionada, de alguna u otra manera, con la música—; segundo, por sus intervenciones de arte colectivo, entre estas su puerta de entrada llena de stickers, y su baño de mujeres con tal cantidad de minificciones que te obligaban a demorar aún más la fila. Como todo lugar improvisado, el lugar fue transformándose a prueba y error. Todo ese conjunto contribuyó a dar un discurso propio al lugar.



Un esfuerzo colaborativo

Al principio todo era caos. Los carteles se conformaban sin discriminación de géneros musicales, unos verdaderos cocteles de punk, trap, reggae y dream pop que, en muchas ocasiones, fueron el resultado de un ejercicio democrático en donde las bandas tenían libertad de elegir con quién compartir escenario. Javo y César hacían de todo, cuando no estaban al control del audio o de la logística, se la pasaban bien con los amigos. No tenían permiso para la venta de alcohol, por lo que el concepto más conveniente fue “trae tu propia cheve”. Las personas entraban hasta con hieleras; por suerte, justo frente al lugar hay una tienda de conveniencia.

“Nunca lo vimos como una opción de hacernos ricos, nada más la estábamos pasando muy bien”, confiesa Javo. Así las cosas siguieron su curso natural. “La gente se nos empezó a acercar, y gracias a ese interés que mostraron muchos promotores, bookers, managers y colectivos, fue que agarramos vuelo y formalizamos el espacio de las tocadas”, cuenta César. Luego, llegó el patrocinio de una importante cervecera local, y por un cóver que oscilaba entre 20 y 50 pesos tenías tanta cerveza como pudieras tomar antes de que se agotaran las existencias.

El lugar era frecuentado por personas entre la mayoría de edad y los veintitantos. Para muchos, Nodriza fue el primer foro que conocieron; y para algunas de las bandas, el primer escenario. Se llevaron a cabo proyecciones de cine, ferias de diseño —La Feria del Diseño Independiente— y eventos en conjunto con otros colectivos. Al final, fue el sonido el que logró imponerse.



Un fenómeno y una identidad

Para el 2015, Nodriza se había convertido en un importante foro de proyección para las bandas y se posicionó como referente de la escena independiente de la ciudad. El lugar atraía tanto a público que quería escuchar los sonidos que estaban haciendo eco como a músicos experimentados y cazatalentos. No era extraño reconocer entre la multitud a Jonaz —Plastilina Mosh— o a Homero Ontiveros —Inspector—, dos figuras locales que han estado siempre al tanto de lo que acontece en la escena.

La demanda de las bandas y el público permitió que el lugar sobresaliera sobre los otros. Fueron fines de semana de actividad ininterrumpida, y así fue por un periodo de aproximadamente tres años, recuerda Javo. Era de esperarse el eco que causó. Para entonces, el foro contaba con credibilidad. “Es —dice Homero— un lugar al que va la gente porque ya sabe lo que va a buscar. Como en mi caso, y el de muchos otros, que lo que andamos buscando es escuchar otros sonidos; sabíamos que podía ser ahí”.

“Yo sí llegué a ir sin fijarme en qué había. A través del Nodriza conocimos a muchas bandas interesantes y a otros colegas... Hicimos buenos amigos”, cuenta Sisko Mercado, líder de Siskodélicos.

“A muchas de las bandas que están ahí no les interesa entrar en el molde del mainstream ni de lo que la industria, incluso la industria independiente, te dicta que tiene que ser”, dice Homero.

Algunas de las bandas que pasaron por su escenario firmaron contratos con empresas de representación, como el caso de Pequeño Fénix, que en 2018 firmó con Apodaca Group. “Es un foro muy respetable. Una banda que hace un Nodriza y le va bien, sí es una idea del calibre que trae, el foro se presta para que brillen”, opina Charlie Solís, voz de la banda.

Otra de las bandas que tocaron ahí en varias ocasiones fue Pirámides. Pato Coronado, vocalista e iniciador del proyecto, cuenta que fue ahí donde escuchó tocar a quienes luego invitaría a unirse como baterista y guitarrista. “En ese sentido, Nodriza fue un espacio que, al menos para nosotros, abrió posibilidades”.

Javo recuerda que hubo bandas como Primavera Club que ofrecieron sus primeros shows en Nodriza con menos de 30 personas y para los últimos, ya tenían más de 300.



Homero Ontiveros llama a toda esa efervescencia “la movida Nodriza”, pues reconoce ahí una propuesta sonora. Muchas de las bandas que tocaron en el escenario de Nodriza grabaron también en su estudio, con César en la consola. “Tenía —dice Homero— el sonido producido por las mismas personas que estaban dentro, quienes los movían y quienes estaban interesados. Definitivamente había una escena. Diría que es ‘la escena Nodriza’, y hasta podría pensar en ‘el sonido Nodriza’, que juega mucho con la modernidad”.

Aun con las limitaciones del espacio, el lugar sobresalió de los demás. “Es algo que muchos, que a lo mejor si van de primera o no están tan inmersos en el mundo de la música, no entenderían por qué ese lugar todo rayado, chiquito y caluroso le gusta a la gente”, dice César.

“Todos queremos tener una identidad propia y salir de los moldes, pero no es tan fácil buscarla o encontrarla”, reflexiona Homero.

“Yo sentía —dice Pato— que la batería sonaba durísimo y eso al público le provocaba una emoción que ningún otro foro en la ciudad provocaba”. Por su parte, Sisko recuerda que uno de los mejores shows de Siskodélicos fue un Nodriza. “Nos quedamos al final y sólo había ocho personas, nueve con Javo en la consola. Todos nos la pasamos increíble”.

Fueron famosos sus Riot de Verano, que eran el evento sello de Nodriza. “Todos los veranos lo hacíamos con las bandas que más nos gustaban de ese momento, locales o nacionales”, dice Javo. También lo fueron sus jueves de Surtido Rico, un trabajo colaborativo de diversos colectivos para promover propuestas locales.

Con tal estruendo, dar paso a bandas nacionales e internacionales fue un salto natural. En la lista de las internacionales resaltan los nombres de Sheer Mag, Downtown Boys, Human Tetris y Motorama. Los primeros, dice Javo, crecieron de tal manera que sería difícil que vuelvan a presentarse en este escenario.

Nodriza llegó a recibir a más de 300 personas, pero enfrentarse a un aforo y demandas mayores nunca fue una limitante; lo que no se tenía se rentaba. “No importaba de dónde vinieras, si vienes de Mitras [colonia de Monterrey] o de Rusia, vas a sonar a tope”, dice Javo. Era un foro pequeño, pero con todo lo que una banda grande necesitaba para sonar bien, opina César. Aun así siempre desearon tener un escenario más adecuado. Para entonces ya no había retorno, Nodriza se había transformado: era un ente con independencia de sus creadores.



Persistir y diversificarse

En 2019 se presenta la oportunidad de rentar también el local de abajo —que hasta entonces había sido una imprenta— y se adhieren nuevos socios. Ahora hay cinco personas tomando decisiones y tocando puertas. “Hay alguien que se especializa en audio, en administración de bares, en booking”, resume César. Así, el foro migra a la planta baja y en su antiguo lugar —donde aún permanece el estudio de grabación— proyectan un bar.

En el 2020, ya listos para abrir el nuevo espacio, la pandemia por el Covid-19 los obliga a cerrar. “Fue ahí –dice César— donde se empezaron a caer como dominó todas las fechas por todos lados. No sabíamos cuánto iba a durar.”

Durante este receso, y coincidiendo con el décimo aniversario del lugar, deciden sacar a la venta una playera conmemorativa con el diseño de su primera fachada. Lo recabado contribuiría a solventar algunos gastos de operación durante el paro. Casi a la par, y con el fin de mantenerse presentes, crean Nodriza TV, donde exploran el formato del show en streaming a través de YouTube. El proyecto tuvo tal resonancia que propició una colaboración con el Festival Marvin 2021.

A unos meses de haber retomado actividades presenciales en el nuevo escenario, la incertidumbre con la que un día decidieron arrancar aún impera, aunque por otras razones. Nodriza persiste desde la misma premisa: apoyar a las bandas, pero bajo otra atmósfera.

Han pasado 11 años y las cosas cambiaron. Unas bandas crecieron y otras desertaron. Surgieron nuevos sonidos y con ellos nuevas necesidades. “Siempre que haya gente que quiera seguir tocando, va a necesitar un espacio así, incluidos nosotros”, dice César. “Si ahorita lo que hay es gente tirando beats y echando sus rimas, se les va a dar espacio a ellos también”, añade Javo.

“Sería difícil pensar que hay una escena ahorita, porque hablar de una escena quiere decir algo que está constantemente activo, que hay un público que lo está apoyando, que lo está impulsando y que hay medios interesados también en eso que está ocurriendo. Y aunque puede haber algo de las tres cosas, no lo hay suficiente como para decir que existe una escena en Nuevo León”, concluye Homero.


Agradecimientos: Javo Onofre y César Meléndez, Homero Ontiveros, Sisko Mercado, Pato Coronado y Charlie Solís