La sinestesia del rock.

Por: Rogelio Garza

@rogeliogarzap


Son las diez de la noche en medio de un bosque lisérgico donde se lleva a cabo el festival Hypnosis 2019. El alucinante grupo Claypool Lennon Delirium despega su set con una versión voladísima de Astronomy Domine, la canción que abre The Piper at the Gates of Dawn, el primer disco de Pink Floyd. Poco más de medio siglo después, el grupo sigue siendo un estandarte del rock psicodélico en los extraños tiempos que corren.



Foto: Getty


Pink Floyd es uno de los grupos más populares, innovadores e influyentes en la historia del rock. Una suma de música, arquitectura, arte, historia, cine, literatura, psicodelia, diseño gráfico, sonido, iluminación, blues, electrónica, sinfónica, rock espacial, jazz, ambiental, pop y un espectáculo enorme; todo ello sintetizado en la categoría del rock progresivo. Prefiero la de psicodélico porque así empezaron en 1965; luego fueron más allá, motivo que los hace encajar en el gusto de grandes y chicos, rudos y técnicos, duros y cursis. Una evolución que los mantuvo vigentes hasta 2014 con Endless River y que no sucedió con sus contemporáneos americanos como, por ejemplo, los Grateful Dead.



Foto: BBC


The Pink Floyd Sound es el nombre que se le ocurrió a Syd Barrett cuando se unió al bajista Roger Waters, al pianista Richard Wright y al baterista Nick Mason. Estaba formado por los nombres de los blueseros favoritos de Barrett: Pink Anderson y Floyd Council. En otro nivel de percepción es una referencia a la sinestesia, la condición sensorial que permite oír colores, ver sonidos y sentir sabores, inducida por los psicotrópicos como el LSD. Y Barrett lo consumía en cantidades industriales.



El arranque de Pink Floyd estuvo marcado por el espíritu de la época: la experimentación para obtener música nunca antes escuchada. Tocaban tres veces por noche en el subterráneo UFO Club, entonces extendieron las canciones para no tener que repetirlas. Pura improvisación instrumental cargada de efectos, iluminación y proyecciones, como en los Acid Test de los Merry Pranksters y los Dead. Desarrollaron una exploración sonora y fueron pioneros del sonido cuadrafónico en sus conciertos. Si los americanos tenían el Rolling Thunder, ellos viajaban con su sistema de audio 360º para envolver a los asistentes. Después utilizaron el sonido holofónico 3D creado por Hugo Zuccarelli en 1980.



Foto: DBS


La historia de Pink Floyd puede escucharse en tres órbitas: la de Barrett, la de Waters y la de Gilmour. La de Barrett fue la más fugaz, explosiva y colorida, su genialidad se disparó a la velocidad del ácido. En sus primeros sencillos Arnold Layne y See Emily Play se encuentran todos los elementos con los que construyeron The Piper y sus grandes canciones: Astronomy Domine Interstellar Overdrive y Bike. Pero se le cruzaron los cables con el LSD hasta el punto de no poder tocar ni componer. Entre 1967 y 1968 David Gilmour lo sustituyó, se perdió un gran talento pero ganaron un guitarrista extraordinario. Sin embargo, el grupo también perdió los colores y la diversión para volverse serio porque Waters ocupó su lugar como cabeza. Empezó su órbita, marcada por sus obsesiones conceptuales trágicas, dramáticas y tristes. Y también por sus grandes obras.



Dejaron de ser psicodélicos, pero jamás experimentales: A Saucerful of Secrets –el inicio de una larga relación con el artista de sus portadas Storm Thorgerson–, el soundtrack More, el doble en vivo Ummagumma, el disco de la vaca Atom Heart Mother, Meddle y Obscured by Clouds son estupendas producciones de Norman Smith y el grupo en las que se escuchan portentos tipo Set the Controls for the Heart of the Sun, Careful with that Axe, Eugene, Atom Heart Mother, Alan´s Psychedelic Breakfast, One of These Days y la gran Echoes.




En 1973 la historia del grupo también se dividió en antes de Dark Side of The Moon y después de él. En mi caso forma una trilogía con Wish You Were Here, dedicado a Syd Barrett, particularmente Shine On You Crazy Diamond y Wish You Were Here; y Animals, inspirado en la fábula Rebelión en la granja de George Orwell. Sin embargo, Dark Side es El Disco producido por Chris Thomas y Alan Parsons como ingeniero de sonido. Es un clásico de clásicos. No sólo es el punto más elevado en el viaje de Pink Floyd, también es un pináculo del rock a la altura de Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band de los Beatles, Tommy de los Quién o Pet Sounds de los Beach Boys. Se convirtió en el tercer disco más vendido de la historia con cerca de 50 millones de copias.


Foto: VC


En 1979 Pink Floyd hizo un disco más ambicioso y espectacular, el doble The Wall, que ha seguido de gira como un espectáculo de Waters. Fue producido por Bob Ezrin, quien escribió la historia del personaje Pink, otro tributo a Barrett en la película de Alan Parker que apareció en 1982 con Bob Geldof en el papel protagonista. Es posible que este sea el combo disco-película más exitoso de cuantos se han hecho que le perpetuó a Pink Floyd el éxito masivo. Pero como suele suceder en la rueda de la vida, un año el grupo estaba arriba y al siguiente estaba abajo. Desde 1976 había empezado una división de poderes, egos, autoría y dinero en el grupo. La cosa se puso peor cuando despidieron a Wright por falta de iniciativa y propuesta en The Wall. Desde entonces tocó en Pink Floyd como músico externo. En esas condiciones grabaron The Final Cut en 1983, el más sinfónico de sus hijos producido por James Guthrie y Michael Kamen. Muchos seguidores y críticos lo consideran un disco segundón, pero a mí me eriza el espíritu y me parece un final digno para la órbita de Waters.

En 1984 cada miembro jaló por su lado para producir en ermitaño y tras una serie de pleitos monumentales como sus discos, en 1987 el Pink Floyd sin Waters lanzó A Momentary Lapse of Reason, producido por Bob Ezrin. Era el gran retorno de los psiconautas. Aquí empezó la tercera órbita de Gilmour, su Fender Stratocaster y sus giras estratosféricas como Delicate Sound of Thunder. Atrás quedaron los dramas watersianos escritos para el bajo, Gilmour le dio un giro más guitarrero y acústico al sonido del grupo, introdujo a una serie de músicos y coros en escena, además cambió el discurso por algo más introspectivo y menos atormentado. Lo mismo ocurrió con The Division Bell de 1994, producido por Ezrin y Chris Thomas, y esa gira en la que grabaron otro en vivo: Pulse. Después de eso volvieron a reunirse los cuatro para tocar en el Live 8 de 2005. En 2007 volvieron a reunirse en un tributo a Barrett y esa fue la última vez que se les escuchó juntos. Richard Wright murió en 2008 víctima del cáncer a los 65 años.



Finalmente, en 2014 apareció The Endless River, un disco de ambient fallido con todo y la multiproducción de Phil Manzanera, Bob Ezrin y Andy Jackson. Lo armaron con las canciones que sobraron de Divison Bell. Hago énfasis en los productores de los discos porque son ellos los auténticos responsables detrás del fracaso o el éxito de los discos y los grupos. En ocasiones son quienes crean los sonidos. El rock y el pop están llenos de ejemplos. En este caso, tres súper productores no pudieron o no quisieron decirle a Gilmour que las canciones eran francamente malas y aburridas. No fue, ni con mucho, el broche de oro que ameritaba su historia. Pero diremos que un disco no es ninguno, mucho menos junto a su obra completa que es brillante como un caja de diamantes musicales.



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