K-pop, el enemigo inesperado de Donald Trump

Con su reciente boicot a un acto de campaña electoral de Donald Trump, los fans del K-pop transforman su fuerza digital en una fuerza política. ¿Hasta dónde llegarán?


Por Leonardo Tarifeño (@leotarif)


Aunque Neil Young y los Rolling Stones podrían enjuiciar a Donald Trump por el uso de sus canciones en sus mítines electorales, lo cierto es que los principales enemigos musicales de Trump no son ellos ni tienen como objetivo asuntos de derechos de autor. Son bastante más peligrosos e impredecibles, a pesar de que jamás han escrito una canción de protesta, nunca se sumaron a una manifestación callejera y en muchos casos ni siquiera hablan inglés. Se trata de las boy bands del K-pop.



La prueba de lo que son capaces la brindaron el 20 de junio pasado en Tulsa, Oklahoma, durante el primer acto electoral de Donald Trump en tiempos de pandemia. Cinco días antes, el jefe de campaña del presidente, Brad Parscale, tuiteó que se habían recibido más de un millón de solicitudes de tickets para el evento, pensado para 19,000 personas. Sin embargo, cuando Trump entró al Bank of Oklahoma Center, en el auditorio no había más de 6,200 asistentes. Como trascendió horas después, grupos de fans del K-pop se habían conjurado en Twitter y TikTok para reservar miles de boletos a través del celular, sin ninguna intención de ir. El boicot salió a la perfección. Como consecuencia, el presidente anunció la inminente prohibición de TikTok en Estados Unidos y alejó del cargo de jefe de campaña electoral a Parscale.


¿Cómo es posible que el K-pop, un movimiento cuyos intérpretes y fans raramente alcanzan la edad para pedir una cerveza en un bar, se haya convertido en una referencia del activismo político actual? La respuesta es más sencilla de lo que parece. Según The New York Times, el K-pop fue el género musical sobre el que más se tuiteó en 2019 y sólo la cuenta de BTS tiene casi 28 millones de seguidores, muchos de ellos miembros de minorías étnicas. La cultura que construyen pasa por las canciones, pero no empieza ni termina allí: los fans ven el día a día de sus ídolos a través de las redes sociales y estos, adolescentes al fin, se muestran vulnerables y tiernos, más humanos que estrellas.



Los fans, por su parte, actúan como un colectivo orgánico y disciplinado, capaz de generar trending topics para festejar los cumpleaños de sus héroes, traducir las canciones en los videos oficiales o batir records en Billboard (logrado por BTS con el álbum Love Yourself: tear). Tras el asesinato de George Floyd, BTS donó un millón de dólares a la causa y desafió a sus fans a igualar la suma con el hashtag #MatchaMillion. ¿El resultado? Un millón 300 mil dólares reunidos por fans de todo el mundo. Definitivamente, el K-pop podrá parecer cosa de niños frívolos, pero detrás de las selfies y el brillo de las ropas hay una actitud que promueve un fuerte sentido de comunidad. Con el #TikTokGate, esa comunidad transformó su fuerza digital en una fuerza política. Y en un mundo moldeado por la tecnología y las redes sociales, cuesta imaginar algo más potente que esa fuerza.

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