La rabiosa honestidad de John Murry

Versos que desconciertan y nos sumergen en un momento de estupor, en el que las cosas parecen no ir del todo bien... Y melodías en las que el viento parece ulular como si quisiera prevenirnos de una desgracia inminente e ineludible... Así es el universo musical del estadounidense John Murry, de quien reseñamos The Stars Are God’s Bullet Holes, uno de los álbumes más inquietantes, envolventes y convincentes que escucharemos en 2021.


Por Enrique Blanc (@enrique_blanc)


Quizás la evocación inmediata que asalta tras escuchar algunas de las canciones de The Stars Are God’s Bullet Holes, el adictivo tercer álbum del estadounidense John Murry, es el sonido perverso de otras tonadas de aquel trágico y extraño compositor llamado Mark Linkous, a quien conocimos con el seudónimo artístico de Sparklehorse y seguimos de cerca hasta el día de su muerte, ese arrebatado beso de pólvora que no abandona nuestra memoria. Obvio, en lo de Murry destella la originalidad, pero también parece soplar ese viento arremolinado que ulula como si quisiera prevenirnos de una desgracia inminente e ineludible; el clima enrarecido de tantos relatos que acontecen en pueblos recónditos como el sofocante Twin Peaks de David Lynch donde la realidad no está regida por las leyes de lo ordinario, sino por algún desajuste que la hace imprevisible y por ende merecedora de ser observada con cautela y recelosa distancia de por medio.


Las estrellas son los agujeros de bala de Dios

Así, “Oscar Wilde (Came Here to Make Fun Of You)”, el primer track del álbum, arranca con una frase que de golpe nos conduce a un mundo perturbador y de soterrada violencia, ofreciéndonos una visión que parece salida de un relato de forajidos en la huida a la Barry Gifford. Hay en su letra, aún ante su musicalidad de reposado country alternativo, una sensación de desasosiego, acentuada por su percusión obsesiva y mecánica, sin matices, que contrasta la guitarra que caracolea caprichosamente al fondo de la melodía. Compré fertilizante y líquido de frenos./ ¿En quién demonios se supone que voy a confiar?/ La simpatía termina en la cámara de gas./ La ciudad de Oklahoma debió haber sido suficiente. / Compramos un doble tracción./ Mamá, tú ve y trae el arma. / Empaquemos todas estas postales. / Vendamos lo que queda y corramos… Versos que desconciertan y nos sumergen en un momento de estupor, en el que las cosas parecen no ir del todo bien. Líneas adelante, su autor canta: Todo lo que escucho son helicópteros/ Rastrillando el cielo pálido / Destellando sus luces y volando bajo / Tratándonos como si fuésemos criminales… Rezuma en ella la atracción que Murry evidencia por la literatura de Wilde y particularmente por el poema “The Ballad of Reading Gaol” que el irlandés escribió luego de ser liberado de prisión; y que está ligado al hecho de que el compositor se mudó a radicar años atrás en ese país del Reino Unido, donde la obra del creador de El retrato de Dorian Gray seguramente resuena con más fuerza y constancia. Otra consecuencia de ello es que el videoclip de la misma esté dirigido por Aidan Gillen —el actor de fama por series televisivas como Peaky Blinders y Game of Thrones—. Ello explica el porqué en sus últimas líneas Murry clama: Cuando cada día es como resoplar fluido de encendedor / Llévenme a Reading Gaol con Oscar Wilde / Me acostumbraré a ello / Enciérrenme en la prisión de Clerkenwell / Explotaré un agujero en su interior…



Una de las baladas más cargadas de tristeza de The Stars Are God’s Bullet Holes es “Di Kreutzer Sonata” en la que Murry desvela sin miramientos un sombrío episodio de su vida, su adopción por una familia que tiene un vínculo consanguíneo con el narrador estadounidense William Faulkner, y su paso por una infancia difícil viviendo en Tupelo, Mississippi, marcada por el abuso y la violencia doméstica. En su letra, Murry enfrenta descarnadamente dolores del pasado: Deshojaré este árbol familiar/ Porque no queda nada más que codicia/ Dinero sangrante y propiedad/ El amor no significa nada/ Cuando tu apellido es Murry. Ya el propio compositor ha dejado en claro sobre el tema que, en realidad, sus padres, “no me adoptaron, me compraron”.


Pero todo esto no es nuevo en la obra de Murry, quien a partir del tono confesional de sus tres discos ha intentado exorcizar los demonios más persistentes de su existencia, y de paso dar juego a la resiliencia que también parece definirla: su adicción a la heroína en The Graceless Age (2012), el tortuoso fracaso de su matrimonio en A Short History of Decay (2017), y ahora algunos de los horrores de su niñez —mismos que alumbró sin pudores en una reciente entrevista publicada por el diario británico The Guardian.


Colegas incondicionales

Virando hacia otro territorio musical o, mejor dicho, reinstalándose en el rock más visceral y puro, “I Refuse to Believe (You Could Love Me)”, al igual que la canción que da nombre al disco, irradian el lado más festivo, vigoroso y electrificado de Murry, animado aquí por una ofensiva de guitarras que gravitan con potencia a lo largo de sus minutos de duración.


Hay dos impulsos para bien palpitando en la música de Murry. Por un lado, el sentido catártico y personal que para él significa la composición. Por otro, su interés por hacer de la misma una experiencia que se depura, se transforma, en complicidad. Así, su primer álbum contó con la asesoría de Tim Mooney (American Music Club y Red House Painters) —meses antes que el percusionista falleciera repentinamente por una falencia cardiaca—. El segundo estuvo producido en compañía de los hermanos Timmins (Michael y Peter) de Cowboy Junkies. Y su más reciente cuenta con John Parish, el músico y productor británico que ha colaborado sobre todo con PJ Harvey, pero también con Eels, Howe Gelb y Aldous Harding, entre otras y otros. Personajes todos que dan contexto del privilegiado universo artístico por el que se mueve Murry donde, como puede intuirse, prima el talento verdadero por encima del glamour o el renombre.


Si algo reafirma el aire de complicidad en varias de estas canciones son las voces femeninas que discretamente se anudan con la suya, recordando a cantantes que le han acompañado previamente como Holly Cole y Cait O’Riordan —sí, claro, la misma que dejara a The Pogues hace años para casarse con Elvis Costello, y después separarse de él para mantenerse por mucho tiempo en el olvido—. Papel que ahora juegan Nadine Khouri y Hopey, la hija de Parish.


Una que diversifica el espectro general de The Stars Are God’s Bullet Holes es “Yer Little Black Book”, en la cual Murry echa mano de una rudimentaria pero efectiva secuencia electrónica, salpicada de los raros ruidos y texturas que matizan casi todos los tracks del álbum. En ésta, de nueva cuenta el compositor reitera el carácter de apocalíptica y delirante incertidumbre que marca ciertas de sus letras: El mar va a hervir antes de que ustedes lo entiendan./ Construí este barco de tontos con mis propias manos./ Me ahogué en el agua y luego sacrifiqué al cordero/ Para irme lejos de su basurero hecho en casa./ Encontré autoayuda en el Libro de los condenados de Charles Fort/ No puedes beber su sangre y enseguida pedir vino blanco en su lugar./ ¿Si estoy loco por qué sigues escuchando?/ Tengo miedo del infierno y tengo miedo del cielo también./ Esta es mi historia y esta es mi canción./ He estado rogando perdón desde hace tanto…


Mención aparte merece la versión de “Ordinary World”, original de Duran Duran, también impregnada de la sonoridad retorcida de oscuro folk y baja fidelidad que transpira la música de John Murry; otra de las once canciones que dan forma a este álbum, sin duda uno de los más inquietantes, envolventes y convincentes que escucharemos en 2021.