De cómo cambié el rock por los alaridos.

Por: Bernardo Esquinca.


Hubo una época en la que consideré importante incluir referencias musicales en mi narrativa. Me estaba formando como escritor, pero también como escucha. Hablo de la década de los noventa. Fiel a mi costumbre en la vida, llegué tarde a todo: ni me enteré cuando Kurt Cobain se voló la cabeza con un escopeta Remington, pero un año después, en el impreciso aniversario de su muerte –calculado el 5 de abril por los forenses– estaba obsesionado con el suceso, y hasta escribí un poema donde el fantasma del líder de Nirvana mendigaba heroína en los canales de Ámsterdam.


Foto: Xafo Avila


A mí me educó la MTV de aquella década, en plena eclosión del grunge, con VJs informados, sensibles a los fenómenos musicales y culturales del momento. Sé que es de viejitos –lo soy– decir que toda época pasada fue mejor; al menos, en la MTV de entonces sí pasaban videos, y no como ahora que la programación del famoso canal de paga está constituida por reality shows tipo Acapulco Shore. No me parece mala idea ver a chicos en tanga y a chicas en bikini mientras discuten cuestiones trascendentes como, por ejemplo, si las chanclas crocks son espantosas (la respuesta es obvia: lo son, porque cualquier chancla lo es), pero para eso mejor me voy a pasar unos días a la playa del Ritz.


A mediados de los años noventa, mientras soñaba en convertirme en un escritor famoso, escribí un relato que se llamaba “La estrella de Mazzy”, porque al igual que muchos televidentes de mi generación, estaba cautivado por la presencia etérea de Hope Sandoval en el video de “Fade in to you”: parecía salida de un freeway de Los Ángeles por el que solo circulaban ánimas. No recuerdo exactamente de qué trataba el cuento, pero tenía que ver con un locutor de radio que recibía llamadas de una mujer misteriosa que le cantaba un fragmento de una canción de PJ Harvey: “Little fish, big fish, swimming in the water, come back here man, give me my daughter”. (En aquella época, las mujeres inalcanzables dominaban mis fantasías; sufría, pero tenía material para escribir.)


Mi inmersión en el rock de los noventa continuó reflejándose en los títulos de otros relatos: “Bala con alas de mariposa” se llamaba igual que una canción de los Smashing Pumpkins, y estaba protagonizado por la copia mexicana de Patrick Bateman; en “Los Pilotos del Templo de Piedra”, nombrado así por la banda de Scott Weiland, aparecían todos mis amigos como si fueran gángsters de una película de Tarantino. Nada de eso, para fortuna de los lectores, sobrevivió: era mala literatura, pero sobre todo no era yo; tan solo el coctel de las influencias con las que estaba construyendo los cimientos de mi imaginación.


Un día llegaron hasta mí otras tonalidades más acordes a mi mente fantasiosa: la música del violín que atormenta a Erich Zann en el cuento de Lovecraft; las notas de Bach tocadas en el clavecín que José Emilio Pacheco ideó para el imposible Langeraus; la canción de cuna africana que mata infantes en Nana de Chuck Palahniuk, y que convierte a su protagonista en un asesino serial. Entonces comprendí que debía dejar las referencias musicales a un lado. Era mejor meterme a la regadera, y pensar por qué el cuchillo de Norman Bates producía la música más potente de todas en el filme de Hitchcock: cuando el filo rasga la cortina y Marion Crane lanza su inmortal alarido.