¿Sirven las clases virtuales de música?

La pandemia obligó a aquellos que por estos días aprenden a tocar un instrumento a cambiar las lecciones presenciales por encuentros a través de la pantalla. Pero la música no tiene que parar.


Por Leonardo Tarifeño (@leotarif)


En enero empecé a tomar clases de darbuka, el tambor del belly dance. Y en marzo, con la llegada de la pandemia a México, debí cambiar esas clases presenciales por sesiones vía Skype. ¿Se puede estudiar música a la distancia? Como seguramente no soy el único al que le ha pasado algo así, trataré de responder esa pregunta en nombre de todos los interesados en aprender a tocar en estos días tan extraños.

Como todo mundo sabe, no es necesario ser un gran cantante para entonar un aria de ópera en la ducha, y por eso mismo puede afirmarse que la música es un arte generoso, quizás el más democrático de todos. Está claro que esos conciertos live at the shower nunca convertirán a nadie en un Luciano Pavarotti, pero también es cierto que no hay que serlo para permitirse viajar a través de las emociones que brinda, en este caso, el canto. Ese burdo ejemplo debería recordarnos que la música nunca expulsa a nadie, porque todos seguimos ritmos (el del corazón, el de la respiración, el del caminar) y podemos escuchar (de hecho, escuchamos música aún antes de nacer). Y si podemos escuchar e identificar pulsos, podemos tocar. Con otro en una misma habitación, sí, y también a la distancia, vía Skype.


Esto no significa que la vivencia de la música sea idéntica en persona que por Internet. Sin embargo, tanto en persona como por Zoom, los caminos del aprendizaje son igual de oblicuos y llenos de sorpresas. Y para alguien que parte de cero en el descubrimiento sonoro y físico de un instrumento, el campo de exploración es tan vasto y enriquecedor que, de alguna manera, la clase complementa y moldea esa experiencia, pero no la define. En la enseñanza se aprende el lenguaje, pero más allá de la clase hay que aprender a hablar, es decir, a relacionarse con el instrumento. O, mejor dicho, a comenzar un diálogo con ese nuevo amigo siempre dispuesto a jugar.


De mis clases presenciales extraño la sensación física de recorrer ese camino junto a mi maestra y la intensidad del sonido que surgía tras tocar simultáneamente con ella. El timbre, el color sonoro del tambor no es el mismo vía Skype que en su pequeño estudio. El oído extraña ese paisaje de matices y promesas, es verdad. Pero, además del contacto con la riqueza del sonido, el aprendizaje musical propone un viaje incomparable que incluye al instrumento y, también, a esa parte espiritual de uno mismo que siempre vale la pena descubrir. Cantar en la ducha no convierte a nadie en Pavarotti y es posible que al aprender música por Skype se pierda el feeling de tocar con otro en una misma habitación. Pero la música es tan hermosa que, aún bajo las actuales condiciones, permite conocerla y disfrutarla de cerca y desde adentro. Y lo cierto es que, en esa compañía, hasta estos días tan extraños pueden transformarse en algunos de los más bonitos que se pueden vivir.





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