México, México, Ra, Ra, Ra: canciones de la desesperanza nacional

Porras de la derrota, la oscuridad y un alma frágil convertida en país. ¿A qué suena la desesperanza mexicana?, ¿existe tal cosa?, ¿quién se atreve a no tener ánimos de vida para poder enfrentarla con canción en mano?


Por Ricardo Pineda A. (@PinedayAguilar)


Con frecuencia se piensa en las ruinas, el desastre, lo que lo detona y lo que deja. Pero no se dice, eso no. Se habla de que saldremos adelante, se habla del dolor y de la fiesta, de aquel “Viva mi desgracia”, de Francisco Cárdenas, Javier Solís o Pedro Infante, del melodrama mexicano, todo macho, azotado e impregnado de patetismo. En el arte, la literatura, la sociología y antropología incluso, se habla mucho de encumbrar la derrota, del agridulce sabor de lo triste vuelto país, México.


(Foto: Argel Ahumada de Mendoza)

México idealizado desde su condición pobre, conquistada y vapuleada. Nación Violentada. Pero de la desesperanza, poco. Los economistas del momento, esos que temen que el PIB desaparezca, hablan hoy del desastre, de la tragedia, depresión y crisis... Pero sí, de cuatro años mínimos de recuperación si no pasa nada extraño. Pero siempre pasa.


Que si los existencialistas pesimistas, Cioran o incluso Álvaro Mutis… La esperanza que florece donde ya no la hay. La desolación que se vive parece alimentarse de esa tímida luz que, a veces imaginamos, tiene un soundtrack denso y sumamente humano, decimos. Catártico, victimoso o heroico. A todo eso se le canta, se le idealiza, para bien y para mal. Como Octavio Paz en su Laberinto: “El mexicano es como una tuna; espinoso por fuera pero dulce por dentro”.


Pero de la desesperanza, poco. O casi nada. Si la música es un lenguaje, y ese entramado de códigos cifrados nos asiste para encontrarnos con aquello que no se puede nombrar, es muy probable que lleguemos a la desesperanza, que sea necesario visitar esa música de vez en vez, pues, nos vemos en ese espejo negro también; es parte de conocerse. Pero en México no, parece que no hay.


Y en un México moderno, edulcorado y pasteurizado de su música se figura difícil; mucho pop, muchas ganas, mucha intención de ser recordado. La música no es el sonido articulado del alma y la mente humana, sino su ego queriendo trascender. Dice un sabio que en México no sabemos de desesperanza porque somos demasiado guadalupanos, tal vez un berrinche eterno con un rayo de luz. Es difícil y es injusto eso también. Pero en México, si algo sobra, es la desesperanza.


(Foto: Argel Ahumada de Mendoza)


Y quizás lo que resulte una canción mal articulada para uno, para otros sea una reminiscencia particular que los subyuga a mitad de la madrugada. Y a veces sucede lo opuesto, que el cantautor roto, chilango, entre cantinas e imágenes dolorosas canta. Y resulta chocoso tal vez, como el poeta que corta el aire con las manos y raja el alma con las palabras precisas. Recuerdo al chileno Gonzalo Rojas sobre los letrados:


“Yo los quisiera ver en los mares del sur

una noche de viento real, con la cabeza

vaciada en frío, oliendo

la soledad del mundo,

sin luna,

sin explicación posible,

fumando en el terror del desamparo”.


Y de eso hay mucho, carnal, primo, pariente, compa. México últimamente parece un faro rojo con lágrimas en la noche más cerrada. Y no es el rock, el ambiente avant o la trova más potente la que nos comprime el alma. Es el silencio.


Pero quizá si escarbamos en nuestra propia ausencia de luz, podamos partir de cosas que no son el vals “Viva mi desgracia”, pero que tienen en la desgracia una ausencia de futuro. Pensamos en cosas de 1964 mientras ya no había ruido en la calle. Una tragedia: enfermedad terminal no dicha entre dos. El dolor de no enfrentar un dolor mayor. El último signo de amor. Desesperanza. “Nosotros”, de Eydie Gormé y Los Panchos. México y Estados Unidos.



Y si bien ese romance y sofisticación puede ser un punto de partida válido para la desesperanza, poco o nada tiene que ver con el dolor de la voz del tamaulipeco Cuco Sánchez, quien por el mismo año nos reventó un portento del no-va-más, ya-no-puedo. El blues mexicano, la pesadez de la piedra en la cama y los corazones que no aman. “Guitarras, lloren guitarras”.



¿Estará la desesperanza tan implícita en nuestra música que por eso no hace falta ponerla en canción?, ¿nos acordamos de ella sólo en momentos de dolor y desgracia? Si esto es cierto quizás sí encontremos algo en los 80, previo a las ilusiones capitalistas de los 90 y más cercano al terremoto, a la explosión de San Juanico y los tiempos en los que el dolor y la ausencia de futuro era un signo colectivo mucho más claro para México. ¿Valdrá la pena buscar en las heridas? No vayamos a irnos sin el mar, dijo alguna vez Arturo Meza, un cantautor completamente desesperanzador, pero que parece decirnos siempre que el rayo de futuro posible tiene que estar. Estamos podridos en la tierra, dijo el mismo hombre en el 89.



Pienso que el signo de la música es que también es un refugio, nos da paz. Nos mantiene a salvo de la desesperanza verdadera… De la verdad y del pantano. Los lingüistas tienen muy consciente que las tragedias de los pueblos se encuentran tatuadas en su lenguaje. El mundo árabe es un buen ejemplo para pensar en ello; aunque no sepas lo que se dice siempre escuchas una gravedad, una sonoridad compungida, algo muy particular también ocurre en el hemisferio oriental.


En la música mexicana, ese sentido de dolor puede seguir reprimido en un corazón que late sobre un limbo. El ambient es evidente en ello, pero muchas veces la plasticidad de la experimentación se aleja de ver la desesperanza al rostro. El pasado ranchero, mariachi es triste, pero nos da fuego, como dijera Israel Belafonte. Al propósito de Belafonte, él es uno de los que se acerca… Y “Afuera está que llueve”.


Justamente pensando —¿sintiendo?— al Belafonte y al Meza, pienso en la marginalidad del rock urbano, idealizada y caricaturizada en sus limitaciones, pero hay. De forma innata, dura y dolorosa también. El rock a veces lo intenta, y la trova suele impostarlo en muchos casos. Es eso, la intención, la hueva de la analogía surrealista tan atravesada… Pero insistes, insisto. Somos desilusión y el ánimo está allá abajo, quitando lo que nos da paz: la teatralidad. Rebánalo, pero no es punk tampoco, ni siempre. Escarbar en las heridas escuece.


Siento que incluso Meme hizo un acercamiento valioso ante ese sentimiento en 1999.


“No puede tener mucho encanto, ser polen y poder volar,

Nadie sabe que con mi canto la vida se va en lamentar,

Y el fuego se va encendiendo y calor me vuelvo yo,

El día se va poniendo y con él, me acuesto yo”.


A veces uno sólo se rinde y ya.


O no, si lo que piensas es en quién tiene la canción más desoladora, más desesperanzadora. Si es esa tu búsqueda; buscar, ubicar y ponderar. La mejor, la peor... Rankear. Pero como dijera aquel otro, “algo cruje” cuando tú te alejas. Y eso es tu ánimo en el desgano de la mañana, y es tu plomo sobre la cabeza, tu soundtrack-mundo que pesa como fardo en tu espalda, en tus hombros y las mejillas. Pensaba yo el otro día que incluso la desesperanza habita ahí, en tu sonrisa-cubita con hielos.



¿Has escuchado el "Mucho Barato", de Control Machete? 1997. No estoy hablando de una canción ni de un país, sino de un estado de ánimo que se llama así: Bronco, Los Solitarios, La Tropa Vallenata o Los Mirlos y El Callejón de los Milagros... Esos interludios del disco son, en cierto modo, una desolación mexicana y solamente mexicana. A pesar de que “Pena Penita”, de Rafael Ricardo, sea colombianita, regia al final. Las Fabulosas es un eco de aquello que ni la nostalgia se atreve a levantar. Tú sabes de lo que hablo... Como perder la fe.


A veces pienso en Static Discos, que Grenda, Machino, Schem tienen algo de eso, y que antes de 1970 es más complicado encontrar ese sentimiento en el país. Que el rock está profundamente atravesado por el desmadre y las ganas de coger; la libido de las liras son arrogancia juvenil en algún punto necesaria. Pero te hablaba yo de una desesperanza incluso dispersa que florece en lo más reprimido de nuestra desolación priísta. Justo lo que no se dice o no se hace evidente está de forma más presente.


¿Sabes qué? Siento un trozo de cartílago con maciza y cuero atorado en el alma. Pienso en “Santitos”, de Rosas, repensando “Tierra de Nadie”, de Franco Narro. Todo presidente fue albañil.



Pero deja tú, la verdadera desesperanza es no tener un clavo en un mundo que se aferra a sus pocos centavos como único credo. No poder pagar la luz y hacer con eso alimento de muchos. Eso para mí es el pop. Esa luz está ahí en el plomo de tus hombros. Y aunque hoy los jardines de Julieta Venegas son pasteles, floridos y largos como sus más lindos vestidos, alguna vez también fueron hambre. Esta vez somos, de papel somos... Y el recibo de luz.


Me dirás que no hay propósito alguno acá, que la búsqueda es estéril. Muy probablemente tengas razón, y “Sangre de Panamá”, de Gerardo Enciso, las desenchufadas de Jaime López o la parte más desoladora de León Chávez Teixeiro tiene… ¿Y Maru Enríquez?, ¿Leticia Servín?... ¿Te vas a seguir haciendo el europeo?


Un grito ahogado en la almohada, una leve pesadilla de realidad de vez en vez, la pobreza de todos los días. Dice Levrero, y yo creo que dice más o menos bien: “Sin embargo no me parece insensato emprender un viaje para darse cuenta de su inutilidad. Si usted... Cambia esa naciente desesperación por una calmada desesperanza, habrá obtenido algo que muchos humanos anhelan”. Y sí, las canciones más desesperanzadoras de hoy quizás se las amarre el Aldrete ese. ¡Viva México, mamones!











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