Bossa nova: 20 discos esenciales para no olvidar el mar

De la sofisticación cálida del jazz al estilo brasileño, a una reformulación aguerrida y puntual, el bossa nova es uno de los caudales musicales más poderosos en los que Brasil ha podido refrescar su rostro cada tanto.


Por Ricardo Pineda A. (@PinedayAguilar)


Dentro de la historia de la música, Brasil siempre ha sido un punto y aparte en cualquier mapa en el que se le quiera ubicar, trastocando incluso sus propios linderos y lógicas. Una isla, una anomalía y una sorpresa constante en sí misma, la música brasileña puede ser profusamente popular y arraigada en sus raíces, sin dejar de ver hacia adelante y al mismo tiempo no hacer concesiones demasiado obvias a lo que esté sonando en el mundo.


La samba es el ejemplo más claro de cómo pese a que pareciera que el folclor brasileño tocó ya sus propios bordes hace décadas, se puede reinventar de forma sublime y natural cada tanto. Solo basta echar un vistazo a lo que sucede actualmente en sus escenas locales para dar cuenta de increíbles artistas, encumbrados y subterráneos, que no pueden dejar de lado su tradición más férrea: Kiko Dinucci, Ava Rocha, Negro Leo, Beto Villares, Juçara Marça y un largo y nutrido etcétera.


Dentro de la mística y mítica brasileña, esa que contra todo pronóstico sigue siendo un vasto y fascinante misterio para los latinoamericanos, el bossa nova es quizás la vertiente estilística de mayor proyección y refinamiento musical hacia el exterior.



Ese pilar fundacional que clama al nacimiento del bossa nova como un intercambio cultural afortunado, en donde el jazz modal y más dulce viajó vía “efecto mariposa” hasta las playas de Río de Janeiro, colisionando sutilmente con la samba, las olas y la brisa del mar, da justo al clavo de lo que el bossa nova ha sido para el inconsciente colectivo: música dulce, suave, sofisticada y franca que refleja la belleza del mundo.


Y sí, mucho hay de ello. Sobre todo si echamos un vistazo veloz a sus elementos formales: un patrón de ritmo apoyado en dos compases, propio de la samba y las claves sincopadas que nos pueden remitir también en ocasión a la inminente herencia africana; un ritmo ligeramente aletargado, particularmente cuando se compara con la energía bailable de la samba; un estilo vocal dulce, ligeramente nasal, derivado de los estilos folclóricos estilo caboclo, provenientes del noreste de Brasil, y sobre todo un compendio letrístico y poético enraizado en las nostalgias del anhelo personal, el amor y la tranquilidad de la naturaleza.


Pero el bossa es también un clamor popular hacia la comercialización y la internacionalización, toda vez que buena parte de su génesis tiene en la clase media instruida al ojo visionario, que percibió un buen maridaje con aquello que el jazz estadounidense llamaba latin jazz, y que estaba comenzando a explotar durante la última mitad de la década de los 50. El bossa nova tiene mucho de ver de dentro hacia afuera y de vuelta. Y así como pudo ser profundamente brasileña también debe mucho su vigencia a su diálogo con Estados Unidos y Europa.


El mayor auge del bossa nova (o cosa nueva, cosa de los jóvenes) tiene en los últimos años de la década de los cincuenta y buena parte de los sesenta su marco referencial más fuerte, siendo además una puerta de entrada clave para que el Tropicalismo y las experimentaciones multidisciplinarias en la música sucedieran años después.


Contar la historia del bossa nova no tiene aún un punto final, y cada tanto tiene una reinvención que le precisa, desfigura o lava el rostro. Sin embargo, hay discos clave que nos pueden contar ejes puntuales de su constitución, evolución y transformación, los cuales compartimos con toda la nostalgia, dulzura y saudade que la ocasión amerita.

1. Antonio Carlos Jobim / Vinicius De Moraes ‎– Orfeu Da Conceição (1956)


Era 1956 y el pianista y compositor Tom Jobim, al lado del poeta Vinícius de Moraes, fueron convocados para confeccionar la banda sonora de una adaptación a la tragedia griega, Orfeo. Dentro de las composiciones, orquestales y ricas en elementos melódicos, rítmicos y armónicos propios de Brasil.


Dentro de estas composiciones se encuentra “Se todos fossem iguais a você” (“Si todos fueran igual a ti”), la cual se considera piedra de toque fundacional de lo que a la postre sería conocido como bossa nova. El despliegue de las cuerdas y las flautas, en contraposición con una voz alejada de lo operístico, envuelve una suerte de balada franca y sorprendentemente brasileña.



2. João Gilberto ‎– Chega De Saudade (1959)


Romance, samba ligera, sensualidad muy sugerida y una música lúdica y cálida a partes iguales, el bossa nova tiene en este disco de João Gilberto su punto más sólido de partida, el cual es hoy en día la fotografía más vigente del fenómeno, al tiempo que nos coloca a Gilberto como la sombrilla totalizadora de esta corriente.



3. Dorival Caymmi ‎– Eu Não Tenho Onde Morar (1960)


Menos conocido fuera de Brasil que las luminarias más evidentes del bossa nova, la figura de Dorival Caymmi (padre) es uno de los elementos indirectos que mayor cohesión le dan al bossa, toda vez que su estilo, proveniente del folclor samba de Bahía, consigue tirarlo hacia otra punta, una alejada de la sofisticación y la elegancia jazz, a través de la soltura agreste y a ras de pueblo.


Curiosamente, “Dori”, como también es conocido y querido, tiene en Eu Não Tenho Onde Morar una de sus obras cumbre más depuradas y en sintonía con la naciente bossa nova que tanto fulgor estaba provocando en las radios del mundo. Para estas alturas (1960), el cantautor bahiano ya tenía casi una decena de discos poderosos que habían enaltecido y revolucionado la samba de forma precisa.


Con este disco, Dorival Caymmi abre un paréntesis importante en el aparente rumbo inevitable que tomaría el bossa nova en su futuro.



4. Dizzy Gillespie ‎– Dizzy On The French Riviera (1962)


¿Y esta leyenda del jazz qué hace aquí? Gillespie, “el sonido de la sorpresa” y la trompeta inclinada, corresponsable del jazz bebop, infatigable y generoso músico que no se limitaba al jazz, fue una pieza clave para que el bossa nova entrara y se masificara de manera mucho más concisa en Estados Unidos, versionando temas nodales como "Chega De Saudade" y “Desafinado”, dotándolas de un brío mucho más acompasado y dinámico, para regresarlo a Brasil en forma de confianza creativa.


De alguna forma, Dizzy On The French Riviera toma el bossa nova, la reinspira y coloca ante el público francés, uno de los más fieles y que a la postre abrazaría a este estilo de forma absoluta.



5. Tito Madi ‎– Sonho E Esperança (1962)


Ese puente que existe entre Frank Sinatra, el bossa nova y los éxitos radiales de finales de los cincuenta puede encontrar en Tito Madi a su mejor eslabón. Este disco no solo es sinónimo de evolución y miras claramente comerciales en la música brasileña, en tanto Madi, conocido como “el rey de la canción samba” se reposiciona ante un estilo y públicos nuevos, sino también de una sofisticación, elegancia y portes propios de la época. En cierto modo es la antípoda del espíritu de Dorival Caymmi (arriba mencionado), pero de alguna manera ambos tienden y expanden el bossa nova como una verdad.




6. Stan Getz / Joao Gilberto Featuring Antonio Carlos Jobim ‎– Getz / Gilberto (1963)


Quizás este es el primer disco que viene a la mente cuando decimos bossa nova, el de los clásicos globales, “La chica de Ipanema”, “Corcovado”, “Desafinado”, el de los éxitos y el del maridaje definitivo con el jazz norteamericano vía el saxofonista Stan Getz, con la aparición de Carlos Jobim.


Para bien o para mal, este también es el molde tempranamente crepuscular y quintaesencial del aletargamiento del estilo musical. Reversiones, comerciales, cafeterías y lugares comunes, esta es una de las obras definitivas para entrar y salir del bossa nova.



7. Nara Leão ‎– Nara (1964)


Proveniente de Espírito Santo, Brasil, Nara Lofego Leão, mejor conocida como Nara Leão es una de las figuras femeninas más contundentes de la música brasileña en general y que merecen mayor justicia en el imaginario sonoro colectivo de América Latina.


Para su segundo opus de 1964, Nara Leão se une a ese boquete abierto subconscientemente por Caymmi, y seguido por una nueva camada de artistas como Marcos Valle, Edú Lobo o Chico Buarque retoman ideales y visiones más nacionalistas, y revienta con el bossa nova hecha hasta ese entonces, calificándola de alienante y superficial, en un marco sociopolítico en donde la dictadura militar comenzó a arreciar.


Nara es un disco importante a distintos niveles, en tanto hermana de vuelta la dulzura bossa con la tradición samba y virando hacia la Tropicália por venir (Caetano Veloso, Gilberto Gil, Tom Zé, Os Mutantes, Gal Costa), en un disco profuso, hermoso y elegante, pero también propio de su tiempo, con los claroscuros que la música brasileña merecía.




8. Astrud Gilberto ‎– The Astrud Gilberto Album (1965)


Este disco podría ser, sin proponérselo, el sino jabonoso que permea sobre el techo de la dinastía Gilberto, una de las “detentoras” del legado bossa en el mundo. La cantante Astrud, hija de padre alemán y madre brasileña, fue esposa de Joao Gilberto, arriba mencionado y fallecido en julio de 2019, quien no ha estado exento del halo polémico de su personalidad y papel en la sociedad brasileña. Y lo mismo para Astrud y este álbum.


The Astrud Gilberto Album es un claro ejemplo de las miras del bossa nova para con Estados Unidos, cantado en inglés, abiertamente concesionado al easy listening y fuera de toda sugerencia sociopolítica del momento. No obstante, a la distancia sigue siendo el referente “pop” más prístino del bossa, grabado en tan solo dos días y producido magistralmente para la posteridad, sonando pegadizo y fresco a más de medio siglo de distancia.



9. Marcos Valle ‎– Braziliance! (1966)


Oriundo de Rio de Janeiro, Marcos Valle es una pepita de oro dentro de la tradición musical brasileña, alguien con demasiada idea de la composición, de las posibilidades completas de la melodía, más allá del jazz, la samba y el bossa, haciendo de esta última un terreno fértil de creatividad, perfeccionado con brutalidad y fluidez en éste, su tercer disco de estudio.


Animoso, orquestal, brasilerísimo y seguro de sí, Braziliance! es una piedra angular del bossa nova tardío, misma que el mismo Valle pulverizara por pasteurizada, mirando hacia el funk setentero y diluyéndose tímidamente en el tiempo para resurgir de forma bestial en años recientes como un músico hecho a ras de tarima.




10. Baden E Vinicius ‎– Os Afro Sambas (1966)


Si el mismo Vinicius, Jobim y Gilberto habían dado con una misma cosa a inicios de década, y artistas como Nara Leão o la vanguardia Tropicália la venían a cuestionar y cimbrar, el disco Os Afro Sambas venía a ser el puente y equilibrio más consistente al respecto, mirando hacia atrás a los elementos primigenios que dieron vida al bossa nova, la samba, e incluso más allá, hacia la tradición africana.


Encuentro de dos talentos de peso, de dos sensibilidades poéticas y una misma visión de la música brasileña, este disco de Baden Powell y Vinicius de Moraes es al mismo tiempo una lanza que cruza e hilvana el corazón más puro del bossa nova para hacer un disco natural, fuerte e icónico desde un corazón guitarrístico sin parangón.



11. Edú Lôbo E Maria Bethânia ‎– Edu E Bethania (1966)


El talento de Edú Lôbo atraviesa con fuerza lo más granado del bossa nova, facturando canciones emblemáticas de artistas hoy emblemáticos en el tema: Torquato Neto, Chico Buarque, Chico Buarque, Vinicius de Moraes, Gianfrancesco Guarnieri, Capinam, Nara Leão, entre muchos otros.


Este disco en mancuerna con Maria Bethânia, prolífica cantante hermana de Caetano Veloso, le brinda a Lôbo buena parte de su talento más despierto (y viceversa) para juntos hacer una obra poderosísima, clave para la evolución del bossa y la carrera de ambos artistas.



12. Caetano Veloso ‎– Caetano Veloso (1968)


Veloso es en cierto modo el engrane que vino a destrabar la inercia bossa desde otros linderos, creando sus propias reglas y visiones, incorporando otro tipo de diálogo tanto con el pasado como con el presente y el futuro, bajo la sensibilidad de un artista joven, aguerrido y completo.


Y si bien las canciones bossa nova de Caetano no son pocas y comprenden casi medio siglo de carrera para poder asirlas y comprender su aporte a la evolución de su estilo, este segundo larga duración (primero en solitario si descartamos el debut al lado de Gal Costa), es el que da al clavo con el espíritu bossa colocándolo en un lugar novedoso, tal vez inseguro, pero vibrante y abrazando el espíritu humano de forma franca. Algo había despertado al bossa de un letargo enrarecido.



13. Vinicius De Moraes Con Maria Creuza y Toquinho ‎– Vinicius De Moraes En "La Fusa" (1970)


Tras el recrudecimiento de las dictaduras militares en América Latina no fueron pocos los artistas que vieron en otras latitudes el eco idóneo para su trabajo. Tal fue el caso de Caetano, quien vivió en el exilio europeo. Esas miras e intercambios con Europa, a veces con fines comerciales, muchas otras por disponibilidad y otras tantas por franco interés, lograron que la tradición bossa nova siguiera desenvolviéndose con cierta soltura de cara a la entrante década de los setenta, sobre todo en Inglaterra, Francia e Italia.


Este disco en vivo de alguna forma es uno de esos “pequeños grandes sucesos” del bossa nova, en donde el registro nos habla de una suerte de regreso a las raíces aunque con la inminencia del tiempo. Por un lado están piezas de autores clave (Baden, Jobim, Veloso) interpretadas por figuras clave, deleitando a los conocedores con las armonías acústicas guitarreras más prístinas y clásicas del bossa, con unas pinceladas recargadas propias de la fastuosidad de la época por venir. Uno de los momentos cumbre y maduros, aterrizados, del bossa nova previo a su transformación.


14. Chico Buarque ‎– Construção (1971)


Hay quien cree que Buarque está más allá de la Tropicalia, la tradición samba y el bossa nova mismo. Y quizás en una gran fotografía, Construção sea el pilar fundacional de dicha aseveración; un disco debut sin precedentes, poderoso, con canciones que dan al punto la cotidianidad brasileña de la época, en donde Chico Buarque se luce como un portento letrístico, un cantante singular y un músico claro y contundente.


La decena de canciones que componen Construção podrían habitar dentro del mote “canciones urgentes”, en donde el golpeteo grave es un ojo melancólico que no despega la vista sobre el brillo del otro, sobre el sofoco de la vida moderna y la necesidad del amor sobre las cosas. Aquí, el bossa nova se encuentra impregnada sobre ladrillos, sobre las guitarras, las flautas y las semicorcheas incesantes de la cabasa solo en el momento justo.


Un disco único y perfecto, vigente y difícil de igualar.



15. João Gilberto ‎– João Gilberto (1973)


El “álbum blanco” de João Gilberto logra sortear el éxito y la inocencia impostada anterior para poder inspirarse y reconfigurar el rostro del bossa nova. Y qué mejor manera de “experimentar” y refrescar el mito fundacional del cual Gilberto fue artífice en parte, que regresando de forma equilibrada y cautelosa a las raíces, a veces con un acorde limpio, otras tantas con un simple tarareo.


Aquí viene la eterna "Águas De Março", que abre el disco y es una de las canciones brasileñas más covereadas en la historia, aunque después se va una y una con devaneos melódicos libres, para seguirse con otra pieza vivaz hasta el final.


Si bien se percibe como un disco largo y disperso para los estándares del bossa nova inicial, sus faltas de “ánimos” comerciales a primeras de escucha lo hacen íntimo, fresco y muy puntual en su producción. Tan sencillo como consistente.



16. Elis Regina & Antônio Carlos Jobim - Elis & Tom (1974)


Para algunos este disco es el sumum de la necedad bossa, pero para otros es una buena rúbrica de salida para dar paso al futuro, dando testimonio de un estilo musical sin mayores fisuras cuando se ejecuta con el corazón y el alto calibre melódico que se requiere.


Aquí, Elis Regina suena dulce y franca, sin mayor fastuosidad que la visión y dirección musical de Jobim, dejando que los instrumentos y las voces, así como la producción de la época, hablen cuando se requiere. Un disco redondo.



17. Tom Zé ‎– The Hips Of Tradition - Brazil 5: The Return Of Tom Zé (1992)


Si la década de los 70 fue complicada para la narrativa comercial del bossa nova (atrás habían quedado los autos lujosos y las estrellas hollywoodenses adaptadas a Brasil), en buena medida por el clima político, la llegada del rock, el pop y la Tropicália, la de los 80 fue un tanto cuanto más difícil de sostener, dando paso a las producciones brillosas, bailables y pastosas.


El salto a los albores de los 90 encuentra al mítico Tom Zé con un reposicionamiento de su figura, vía descubrimiento David Byrne de por medio, como el artífice dadá y roquer más pleno de la Tropicália, y que con este disco logra ensamblar esa búsqueda rock latino con el espíritu bossa, en una amalgama de modernidades y tradiciones que le hace honor a su nombre.


Quizás sin proponérselo, a la distancia The Hips of Tradition será visto como el precedente bossa de los discos globales, una tendencia cada vez más practicada justamente por gente como Byrne, pero también a la postre como Manu Chao, Rachid Taha o Joe Strummer (q.e.p.d.).



18. João Gilberto ‎– Amoroso / Brasil (1993)


Bossa nova otoñal en tiempos preglobales. Amoroso / Brasil suena a un estilo trasnochado, lánguido e incluso pesado de sus postrimerías de producción. Con todo ese fardo a cuestas, los arrestos y el oficio de Gilberto funcionan y cuajan en momentos interesantes, sobre todo en aquellos en donde la verdad es descrita de nueva cuenta: menos es más, regresar a lo básico siempre es más innovador y sobre todo entre más se deja ir, más se gana.


Ahí en donde la producción post-ochentera da al traste con el concepto, la cantidad y los calzadores (“Bésame Mucho”, “S Wonderful” o “Aguarela do Brasil”), las canciones más clásicas, más melodía e imagen que composición compleja, logran evocar algunos atisbos de aquello que fue el bossa nova más esplendoroso.



19. Bebel Gilberto - Tanto Tempo (2000)


Hablábamos de la dinastía Gilberto y su legado bossa nova. El caso de Bebel Gilberto es emblemático y viene muy al caso. Hija de João Gilberto y la cantante Miúcha, a su vez sobrina del cantante y compositor Chico Buarque, Bebel trabajó la vena musical de forma inevitable desde sus primeros días, pero desde su natal Nueva York.