Entre la música de Bandcamp y un futuro incierto

La plataforma fundada por Ethan Diamond y Shawn Grunberger se desmarcó este 2020 del resto de las plataformas digitales enfocadas a la música bajo un principio: ser justo con el artista.


Por Ricardo Pineda A. (@PinedayAguilar)


Parecería una retahíla cansina y más corriente que común, pero no está de más recordar que la pandemia que ha tatuado este año también ha brillado lo mejor y lo peor del ser humano desde todas las aristas posibles. La música, uno de esos espacios sacralizados desde que el ser humano existe, no fue la excepción. Y uno de los síntomas más evidentes en el mundo en torno a las acciones y respuestas frente al covid-19 fue Bandcamp, quien puso el ejemplo y puso sobre la mesa un tema clave: la solidaridad.



bandcamp.com


Y sí, cuando vino Napster, Audiogalaxy, Limewire, Kazaa y luego el iPod, la transición digital y la brecha tecnológica comenzaron a moldear sensiblemente las formas en las que escuchamos y “consumimos” música (cada vez más y distinta, pero también comprimidísima como nunca en la historia).


En los albores de los primeros servicios de streaming, las frases recurrentes fueron “me gusta que en Spotify puedes hacer listas”, “no ocupas espacio”, y de a poco vino un ecosistema híbrido y complementario, en donde los Soundclouds y Mixclouds quedaron un poco a la deriva para que los Deezers, Tidal o Apple Music le plantaran frente al círculo verde que hoy controla el mercado de streaming musical en el mundo, con más diatribas que loas debido a su arbitrario esquema de pago de regalías a artistas. Pero estaba Bandcamp, de quien justo los artistas no se han cansado de decir cosas del tipo: “por ahí, mejor, que nos llega la lana de forma más completa e inmediata”.


Surgida ya hace 12 años en Oakland, California, en Estados Unidos, la plataforma de lanzamiento, promoción y comercialización de música ha venido a ser una de las herramientas más amables para que cientos de miles de artistas independientes alrededor del mundo den a conocer su obra, que de otra forma sería mucho más difícil.


Contrario a Spotify —que justamente este 2020 quedó plantado como el líder indiscutible del mercado pero también el más voraz y menos empático (con un llamado abyecto a los artistas a “producir más” si querían ganar más)—, Bandcamp tiene un esquema de operaciones mucho más aterrizado en la música en sí misma, además de unas dimensiones que le permiten operar a un nivel más diverso, cercano y amable, lo que los amantes románticos de la música (y no la industria musical) esperarían.


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Va, va, vaaa, Bandcamp


Para quienes no estén familiarizados con la plataforma, su funcionamiento es más o menos así: tanto artistas como sellos pueden subir y controlar su música, así como la manera en que la comercializan estableciendo sus propios precios, ofreciendo la opción de pagar más, regalarla, tanto en formato físico como digital.


Asimismo, una de las grandes diferencias es que al adquirir y descargar la música en la plataforma, el archivo es nuestro, así como un número de reproducciones ilimitadas. Puedes enviar música como regalo, transmitirla a través de su app, ver letras y guardar canciones o álbumes individuales en una lista de deseos, etc. Bandcamp toma el 15% de las ventas realizadas desde su sitio web (el resto de las plataformas cobra cerca del 30%), además de las tarifas de procesamiento de pagos, porcentaje que disminuye al 10% tras rebasar ventas por 5,000 dólares, un modelo de negocio que ha venido ajustándose y cambiando, ajustándose al gusto y preferencia técnica de los audiófilos: MP3 (320k o V0), AAC y Ogg o formatos sin pérdida como FLAC , ALAC , WAV y AIFF, CDs o vinilos.


Bandcamp lleva cerca de un lustro ubicado como el buen karma digital para los artistas y sellos independientes, también se ha dicho que nada tiene que hacer frente al actual valor de 54 mil millones de dólares (mdd) de Spotify en el mercado de valores. De hecho, Bandcamp es mucho más pequeña y de propiedad privada, creciendo lentamente desde hace poco menos de una década, a su ritmo, algo que le da libertad de experimentación y facilidad operativa, fuera de la presión que siempre representa “hacer más dinero que en el año pasado”.


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Fuera del mundo digital

Desde que el covid-19 tomó por el cuello al mundo entero, los ingresos de miles de artistas peligraron sensiblemente y justamente los pertenecientes a los esquemas “major”, burocracias discográficas y dimensiones de mayor arrastre han sido los dinosaurios a los que más trabajo les ha costado moverse.


En tanto, las iniciativas independientes comenzaron a aliarse y solidarizarse. Justamente desde marzo de este año, Bandcamp liberó las ganancias que le correspondían por concepto de compra vía su plataforma, para dar el total de las ganancias a los artistas, recaudando más de 40 mdd en todo el mundo, esquema que no sólo se estableció desde entonces y hasta este diciembre (¡Viernes de Bandcamp!), sino que también ha enfocado las ganancias a las protestas sociales del Black Lives Matters ocurridas en junio pasado.


Y si bien dentro de la industria musical, sin importar sus dimensiones, la caridad y “lo gratis” siempre es un paraíso que o no existe o dura poco y mantiene una impronta de marketing final (las empresas socialmente responsables esperan su retorno de inversión por ser “conscientes”), el ejemplo de Bandcamp durante la pandemia ha sido visto más como un esfuerzo de la gente, de los involucrados en la música de forma más directa, y no a través de subcontratas parasitarias.


Durante todo un mes previo al 10 de julio, los artistas vendieron música y mercancías promocionales por cerca de 20 mdd. Incluso personalidades de la talla de Björk o Sonic Youth han puesto a disposición sus catálogos anteriores y bootlegs en el sitio. Y a pesar que desde su creación Spotify ha dicho que su verdadero enemigo es la piratería y no el resto de las plataformas (incluso las celebran aunque nunca de forma directa, obviamente, y negocios aparte), este año la coyuntura y el ecosistema bajo el que habita Bandcamp ha logrado representar un punto único y valioso frente a otros modelos de streaming musical.


Esta diferencia de escenarios, que incluso suelen compartir usuarios, tiempos y espacios, es palpable toda vez que Spotify se ve a sí misma como una compañía más de audio que de música, viendo la futura capitalización de los podcasts. Y no es que esa visión corporativista que ha sido la impronta de los grandes sellos por décadas encarne el mal y Bandcamp sea el héroe de esta película, pero quizás ese crecimiento orgánico a partir de tener a la música al centro, ponga el negocio en otro dinamismo y relación con la gente, algo que ha sido la lección de esta crisis: en equipo y en pequeño, hay mejor movilidad, aunque sí menos ambición. Nadie se hará rico de todo esto... por ahora.


En agosto de este año, cerca de la mitad de los ingresos de Bandcamp provenían de las ventas de productos físicos, poniendo en duda que el formato digital va a más, incluso la venta de viniles y el crecimiento de nichos como los cassettes han dado pulsos de que hoy pareciera incluso que el archivo digital es más “obsoleto” (o menos lustroso, si se quiere matizar), que el objeto musical en sí. Y la plataforma no se duerme en sus laureles: en 2020 lanzó Bandcamp Live, servicio de transmisión en vivo con boletos para artistas, incursionando en el mundo del live streaming como función integrada del sitio, aplicando un esquema promocional que ha sido su panacea: nada tendrá costo hasta el 31 de marzo de 2021 y la totalidad de la venta de entradas se destinará a los artistas hasta entonces.


Si algo nos ha enseñado el capitalismo es que prácticamente todo es susceptible de comprarse, venderse o corromperse. Y bajo esa amarga premisa habrá que estar cautos a eso que llamamos música frente aquello que es la industria musical, indie, underground, pauperizada o mainstream, lo que sea. Dinero de por medio o sin él, Bandcamp es un negocio en ascenso y por ahora es una suerte de balanza humana-digital que parece dignificar el trabajo de los artistas. Los "Bandcamp Fridays” no son para siempre, amigos.


Sin embargo, la historia también ha mostrado que más grande implica más riesgos y también mayor ambición. Será interesante ver la forma en la que estos modelos de comercialización logran hacer un verdadero contrapeso al mismo apetito transnacional de los sellos de siempre hoy decantados a través de plataformas de streaming que pagan fracciones de centavos por reproducción, con ambigüedad en sus métodos, cifras y modelos.


Lo cierto también, y más a favor de Bandcamp, es que la plataforma californiana ha fungido como un mundo “fuera del algoritmo” que no te dicta lo que hay que escuchar, que no lo predetermina acorde a una ecuación y que humaniza eso que es fascinante a la hora de descubrir música nueva: asombrarse. Quizás eso al final del día se mantenga poco capitalizable: encontrar una canción, álbum o artista que nos hable a nosotros, al que hayamos llegado por una recomendación convincente, por pie propio o por accidente.


Este año, por ejemplo, pudimos decir “gracias a Bandcamp descubrí algunos de mis discos y artistas favoritos del año”.


«Searching», de Ronald Langestraat


«Decision Time», de Charles Webster


«Because of a Flower», de Ana Roxanne


«La Locura de Machuca 1975​-​1980»


«LUCY 3D», de Badsista


«Hospital de México y sus Efectos Secundarios», de Hospital de México


«Anthology Of Experimental Music From Mexico»


«Sufi Hispano​-​Pakistani», de Aziz Balouch


Los Internacionales de Torreón


«Music For Detuned Pianos», de Max de Wardener




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