Aretha Franklin: acariciar el espíritu

El origen de la música es religioso. Y el de Aretha Franklin, la cantante número uno de todos los tiempos, también. Con esta semblanza la recordamos a dos años de su muerte.


Por Rogelio Garza (@rogeliogarzap)


El origen de la música es religioso. El canto y la música son el lenguaje que los mortales crearon hace más de 50 mil años para comunicarse con los dioses, con los espíritus de la naturaleza, y con los muertos. Esas voces y palmas mágicas y rituales, esos maderos y huesos de percusión, fueron los primeros instrumentos musicales.


Según Rolling Stone, Aretha Franklin fue la cantante número uno de todos los tiempos. Sabemos que RS perdió la brújula musical hace tiempo, pero en este caso su encuesta es acertada. Vale mucho recordarla a dos años de su muerte. La raíz musical de Franklin fue el gospel que cantaba desde niña en la iglesia bautista de Detroit, algo que se le dio natural dado que era la hija del predicador C.L. Franklin, quien más tarde se convirtió en su mánager. Su productor de cabecera en Atlantic, Jerry Wexler, la consideraba “genio musical”. Se ganó el trono de La Reina del Soul con una corona de 18 Grammys; al cantar era una santa, su voz estaba bendecida con la magia de tocar y acariciar el espíritu del oyente.



A mí me “tocó” en los 80, viendo The Blues Brothers, de John Landis, cuando empezó a cantar “Think” con Belushi y Aykroyd, sacudiendo la locura por los derechos de la mujer. Sabía de Gloria Gaynor y Donna Summer, pero Aretha Franklin era la #LadySoul.



Escribía canciones combativas, era una extraordinaria pianista que aprendió a los 11 años de oído y hacía mejores versiones que las originales, como “Respect”, de Otis Redding, que se convirtió en un himno femenino. Fuera de serie y pionera en todo: en 1957 tenía en contra ser mujer, negra, cantante y madre soltera, pero no dudó en participar en el movimiento de los derechos civiles y la equidad de género. Fue la primera mujer en entrar al Salón de la Fama del R&R, al Salón de la Fama del Reino Unido, y en recibir las medallas top gabachas: la Nacional de las Artes y la Presidencial de la Libertad. Como símbolo cultural cantó en el funeral de Luther King y en la toma de Obama (Carter y Clinton), momentos esenciales en la historia reciente de los Estados Unidos y el black power.



Aretha Franklin sacó el gospel de los templos y lo llevó a las calles. Encarnó la canción de Hurley/Wilkins, “Son of Preacher Man”, cuya versión es entrañable y más grasosa que la de Dusty Springfield. A la tesitura media de su voz mezzo soprano, le agregó el secreto para ser tan emocional y conmovedora, explica Wexler, el fraseo perfecto y el rango vocal de cuatro octavas con su particular melisma, las variaciones tonales de una sílaba, técnica que en la antigüedad se utilizó para inducir un “trance hipnótico” a través del canto.


La última vez que se presentó fue en 2017, en Nueva York, en un concierto de la fundación de Elton John contra el VIH. Creo que en vida no se le escapó ningún género ni estilo negro en sus 40 álbumes y más de 120 sencillos: spiritual, gospel, soul, blues, jazz, rhythm & blues, rock and roll, doo-wop, funk, pop, reggae… Con razón también era llamada “la voz de la América negra”.





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