Salvajes y dislocados: 20 portales de la experimentación mexicana

Electroacústicos, exploradores y pensadores del sonido, música chueca, noiseros y hasta contemplativos. Aquí, dos decenas de portales para entrarle a los sonidos indomables de la experimentación mexicana.


Por Ricardo Pineda A. (Tw: @PinedayAguilar / IG: @unsolodegas)


No somos uno, no somos cien, pinche gobierno, cuéntanos bien. Ni mayoristas ni minorías. Arte de todos, pero no para todos. Tronados, ruidistas, exploradores y filosos filósofos del sonido y el flow. Pocos locos drilos... Silencio, luego ruidos. (...) Pese a que en más de una ocasión se ha intentado esbozar una historia y consenso medianamente claro en torno a ese término cada vez más incómodo e irresponsable conocido como "música experimental mexicana", lo cierto es que entre más se investiga, dialoga y articula, nos damos cuenta con mayor claridad de su naturaleza dislocada: una tradición a saltos, hereje de sí, con los registros inconstantes, muchas perspectivas en contrapunto, posturas e imposturas a la pugna protagónica, radicalismos en efervescencia y un sinfín de propuestas de diversa índole, ánimos y resultados.


Como pocas expresiones musicales del país, aquella que puede abrazar a la experimentación, abstracción, ruptura, al ruidismo, como lo queramos llamar, es un hermoso y cada vez más inasible desmadre, un batiburrillo de perspectivas que, entre otras cosas, abonan a pensar el mundo en contra de su inercia parsimoniosa y opresiva, al menos en el mundo de las prácticas artísticas.


Escuchar de otro modo, retomar el sonido y la escucha como un pretexto activo de esto y algo más, acción social desde la música, evasión de las imposiciones o una franca neurosis en pleno. También hablamos de egos imposibles y de falocentrismos rampantes. Si estas músicas han sido históricamente cercanas a las escuelas de ruptura, a los ánimos liberadores o a las conciencias críticas, tal vez encasillarlas en un listado de discos (ay, no) que persigue, a lo más, una invitación a ese maravilloso abismo de exploración del mundo desde la sensibilidad, ejecución y apreciación sonora del mundo, resulte un ejercicio baladí, contradictorio y fútil, sobre todo que la naturaleza misma, amén de que la inconsistencia de los registros puede escapar fácilmente de la cercanía, el sentido iconoclasta o relevancia que pueda o no aportar un disco.


Pero... si en vez de un “¿y si sí?” planteamos un “¿y qué tal que también?”. Un juego personal, ambiguo, torpe y animoso para decir algo como que la música experimental mexicana es el ayer, el hoy y el mañana también, el disco fuera del disco pero también el mismo que pones . Y que el que quiera ver, que lea, y que el que quiera escuchar... Veamos y escuchemos, pues.


1. Carlos Jiménez Mabarak - «Balada Del Pájaro y Las Doncellas» (1968)


Los primeros viajes de dislocación sonora en México vinieron de la mano de músicos arriesgados al interior de la academia de la década de los 50, a través de los trabajos dodecafónicos de Carlos Chávez y de la sensibilidad, visión y transgresión temprana de gente como Alicia Urreta, Eduardo Mata, Julio Estrada, Hilda Paredes, Marcela Rodríguez o Héctor Quintanar, quienes para las dinámicas y lógicas de la época, su legado habita más en partituras y memorias escritas, que en compilados audiófilos accesibles.

En este contexto, el caso de Jiménez Mabarak resulta paradigmático, toda vez que tanto el registro como la pieza son un claro ejemplo de los primeros atisbos de experimentación sonora en México, a través de libertades musicales muchas veces inscritas en proyectos extramusicales. En este caso, el teatro, un terreno que junto con las artes visuales al interior del ecosistema universitario de finales de los 60 encendieron una suerte de chispa inconsciente para los primeros experimentos.

Y si bien El paraíso de los ahogados, obra de 1957, suele figurar como un parteaguas más claro de la experimentación mexicana dentro del trabajo de Mabarak, aquí se puede apreciar un signo mucho más libre, lúdico e inquieto, de cara a las posibilidades de la música fuera del contexto meramente concertista, aunque, sí, aún desde las postrimerías de la llamada “música culta”.


2. Juan José Gurrola ‎– «En busca del silencio. Escorpión en ascendente» (1970)


Para el arte mexicano, Gurrola fue algo así como un bálsamo refrescante de eucalipto y menta, untado con una poderosa daga de espíritu transgresor, avanzado y alto signo provocativo. En busca del silencio. Escorpión en ascendente suele inscribirse también como uno de los primeros trabajos musicales del avant jazz, pero también de lo que vendría a convertirse en arte sonoro, en tanto el sonido y la música juegan a la plástica, a la narrativa y a algo más que un ordenamiento lineal de los sonidos.

Oscuro, desconcertante, caótico y sensualmente hipnótico, esta maravilla del multifacético Gurrola –escorpión en ascendente–, en equipo con Víctor Fosado y Diana Mariscal, incorpora improvisaciones en torno a un órgano, así como diversas combinaciones de música electrónica con instrumentos precolombinos. Un trabajo que, en voz de un amigo psiquiatra del dramaturgo, es completamente neuronal debido a la alta actividad cerebral que provoca su escucha.


3. Mario Lavista - «Jaula» (1976)


Reconocido como el alumno más avanzado de Carlos Chávez, y frecuentemente emparentado con la influencia de John Cage, Mario Lavista comenzó a esbozar los primeros atisbos de conceptualismo, ruido y experimentación alrededor de la música académica de los setenta. Obras como Kronos de 1970, en donde había una preparación de 15 relojes despertadores, o Pieza para un pianista y un piano, del mismo año, en donde un pianista “copiloto” debía comunicar su silencio al público, comenzaban a atrapar la atención de una audiencia apolillada y sumamente desconcertada con los ejercicios lúdicos, los gestos poéticos y los ánimos libertarios de la época.

Con Jaula, pieza para un número ilimitado de pianos preparados a partir de una partitura plástica con estructura abierta, Lavista da el sablazo definitivo para conminar a un involucramiento mayor por parte del público, así como poner al compositor y su capacidad imaginativa, creativa e improvisatoria al centro de la acción detonante.


4. Jorge Reyes & Antonio Zepeda ‎– «A la izquierda del colibrí» (1986)


Para muchos, Jorge Reyes se encuentra más emparentado con los ánimos de rock progresivo, rock oposición, new age de tintes prehispánicos e incluso de los albores de la electrónica mexicana virada al ambient. Y si bien el segundo opus en solitario del ex Chac Mool brilla por su síntesis neoprehispánica, muy propia de lo que se le conociera como world music, es su estructura, visión y pasajes los que logran resquebrajar en cierta forma los atavíos de la música culta, las imposturas rock y las licencias que ambos ámbitos podían darse, ejerciendo así una música mucho más singular, inmediata, cinemática y completamente distintiva para la era.


5. Masos ‎– «Música para después de la batalla» (1989)


Roxana Flores, Samir Menaceri y Vicente Rojo Cama dieron vida al efímero grupo Masos, que en cierto modo abrió el espectro de la incipiente electroacústica mexicana hacia horizontes más asimilados, espectrales y que junto con el trabajo intuitivo de los sintetizadores y la incipiente exploración electrónica mexicana dotarían de más herramientas a la exploración sonora mexicana, dotándola de cierto color identitario.

6. Oxomaxoma - «En el nombre sea de Dios» (1990)


Más que un grupo avant garde, protoindustrial, prenoise o de rock oposición, el ensamble fundado por José Álvarez y Arturo Romo es un punto de convergencia vital para entender la improvisación y experimentación subterránea de la música, una que además contribuyó sobremanera a sacarla de las salas de conciertos y las escuelas de música clásica, así como de los ánimos rígidos de la clase media y alta, dotándola en el paso de un espíritu aún mucho más inmediato, intuitivo y de búsqueda interminable.

En el nombre sea de Dios es, en cierto modo, un recap de la agrupación hasta el momento, con piezas comprendidas entre el 82 y el 89, juntando el sentido autodidacta y experimental del grupo, en el cual confluyen tanto un sentido completamente dadá, como una oscuridad rotundamente áspera y prominentemente mexicana, en buena medida gracias al trabajo de Arturo Meza. Quizás el disco que define por mucho la consistencia y relevancia de Oxomaxoma en el mapa de la experimentación mexicana.


7. Manuel Rocha y Gabriel Orozco ‎– «Ligne d'abandon» (1996)


Cada uno en su ámbito (el primero en el mundo de la investigación sonora y el segundo dentro del arte contemporáneo), Manuel Rocha Iturbide y Gabriel Orozco forman parte de una generación que representa ruptura, inflexión, así como la conformación de un inevitable canon que ayudó a delinear mejor el arte contemporáneo en México, pero sobre todo que sentó bases mucho más sólidas para la conformación de públicos, así como un estudio y análisis mucho más completo del mismo.

De espíritu futurista, texturas ambientales y ánimos semirruidistas, Ligne d'abandon (Línea de abandono) fue presentada oficialmente en la Galería Chantal Crousel de París durante la exposición de Gabriel Orozco en diciembre/enero de 1993/94, siendo a su vez un ejercicio de convergencia para exploraciones sonoras sin fines musicales, el cual tiende puentes importantes dentro de la plástica contemporánea con otras disciplinas y/o prácticas artísticas, en este caso la escultura o la idea de.

Ligne d'abandon fue creada por el chirrido de las ruedas de un coche, en un mundo previo al internet y los programas intuitivos de creación y manipulación sonora, detonando un diálogo con la idea del error, el vacío, así como el tiempo suspendido y el colapso.


8. Antonio Russek ‎– «Música del desierto» (1999)


Así como en la escuela solíamos tener compañeros dentro del equipo a los que se les cargaba todo el trabajo (“Su compañero solito merece el diez”), de igual forma hoy buena parte de la memoria y desarrollo en torno al arte sonoro y la música experimental se la debemos al compositor torreonita Antonio Russek, quien además ha hecho de la electroacústica un amplio campo de búsqueda y transición hacia horizontes fascinantes y puntuales de la música mexicana.

Música del desierto quizás no es su obra más emblemática, pero sí logra fundir con suma belleza y oficio las grabaciones de campo junto con la música y los recursos electrónicos. Un viaje libre, cinemático e íntimo al desierto y la memoria, a cargo de una figura clave para el llamado arte sonoro de México.


9. Germán Bringas y El Engrane Amarillo ‎– «Germán Bringas y El Engrane Amarillo» (1999)


La figura de Germán Bringas es vital para el free jazz que se hace en México, pero sobre todo para adentrarse a un ámbito profusamente salvaje e indomable de la música capitalina, uno en donde la improvisación, el arrojo y el diálogo libre de los músicos tiene puntos de convergencia únicos y fascinantes, pero también aguerridos, propositivos y hermosamente contestatarios.

Dentro de su vasta obra y trabajo, el disco que registra el encuentro musical a finales de los 90 en el Ex Teresa entre Bringas, Arturo Romo, el guitarrista Fred Frith y el baterista Chris Cutler, entre otros, es en cierto modo un momento álgido tanto para el sello inconfundible de Germán al saxofón, como frente a su escena homóloga neoyorquina, poniendo de patente el rango libre, potente y salvaje de un personaje que no ha dado nunca su brazo a torcer en pos de la improvisación.


10. Manrico Montero ‎– «Noches de verano remixes» (2004)


Hace tres años ya de la partida de Manrico Montero, figura esencial para el desarrollo de la electrónica mexicana, quien además de poseer un cuerpo artístico complejo y prolífico, encarnó un engranaje clave para la abstracción en torno al glitch, el ambient y la incipiente escena rave de un México en el que antes de su trabajo no había netlabels en forma.

Si bien bajo sus diversos alias y constantes proyectos colaborativos e individuales, Manrico siempre tuvo obras mucho más consistentes, emblemáticas y complejas (su trabajo inconcluso de documentación aviar del sur latinoamericano es impresionante), Noches de verano” es un track nodal dentro de su carrera, al ser un punto de inflexión claro y que de alguna manera conserva la esencia Montero. De Noches de verano hacia atrás hay raves, techno temprano, prueba y error de colores, así como bases mucho más convencionales, y hacia adelante nos encontramos con Mandorla (su netlabel de tintes ambient y de exploración sonora), Karras (su alias más ambient), así como sus proyectos más maduros, texturosos, sutiles y consistentes.


11. Mario de Vega - «Somewhere Around» (2007)


Para entrar al corpus sonoro de Mario de Vega, quizás habría que desplazar la idea convencional que une al músico, con un disco y un concierto, ya que el trabajo de Mario raya muchas veces los bordes del arte contemporáneo, la instalación y la acción, para entrar en diálogo con la violencia y las propiedades físicas del ruido, así como los efectos psicoacústicos del sonido, detonando un diálogo mucho más consistente.

De igual forma, cuando Mario de Vega graba un disco, éste tiende a desatender los linderos musicales o industriales-discográficos habituales para entrar en un intercambio de sentidos y signos con los soportes que lo contienen, dando como resultado muchas veces registros anómalos, limitados, efímeros y de una factura casi única (discos-objetos, tirajes limitados, discos in situ, etc.).

En el caso de Somewhere Around, EP editado de forma digital para el sello de Manrico Montero, Mandorla Label, estamos frente al que quizás sea uno de los trabajos más “convencionales” o “accesibles” de Mario de Vega, en donde las ínfulas ambient, glitch y abstractas son articuladas de forma oscura, desconcertantes e incluso semiabismales.

El año en que fue presentado, el violinista Alexander Bruck y el mismo Montero completaron la presentación multimedia. Ese mismo año, Mario de Vega estaría dinamitando el patio del museo El Eco (comandado en ese entonces por Guillermo Santamarina) para una pieza en torno al silencio.


12. Israel Martínez ‎– «El hombre que se sofoca» (2011)


Militante iconoclasta del hardcore punk y el temprano ecosistema goth e industrial tapatío, el trabajo de Israel Martínez evolucionó hacia un trabajo sonoro que siempre pone el dedo en la llaga sobre otro tipo de oscuridades en torno al sonido: oscuridad como miseria sociopolítica, negritud del silencio más violento, las penumbras humanas en un contexto resquebrajado...

En El hombre que se sofoca, Martínez toma la exploración sonora para hablar de nuestra reticencia al cambio bajo un título-pretexto en torno a un ensayo del francés Camille de Toledo. Parques abandonados, centros vacacionales desolados y lugares que antes eran algo cumplían una función social, para luego quedar en el vacío total. Grabaciones de campo y procesos digitales de audio que el autor de la pieza multicanal Two Espressos In Separate Cups ‎(también de 2011) decanta en un resultado casi cinemático de cuño rotundamente denso. Un viaje humano y desolador indispensable, que de alguna manera es prominentemente mexicano sin los ánimos cuasinacionalistas que suelen inundar a la media de músicos locales.

13. Bárbara Lázara - «Estudio Glotal» (2012)


Bárbara Lázara es una deidad; un demonio transmutado en una de las voces más poderosas y excepcionales dentro del arte mexicano. Sin un disco en forma que le haga justicia a su fuerza artística y más cercana al performance que a los ámbitos de las “presentaciones sonoro-musicales”, el trabajo de Lázara hay que escucharlo y verlo en vivo para poder acercarnos mejor a su poderío en pleno.

El ruido, la relación con el cuerpo, así como la voz en un contexto sociopolítico son tan solo algunas de las búsquedas que Bárbara Lázara trae a la mesa para confrontarnos, incomodarnos y dialogar con aquello que muchas veces nos pesa confrontar. Una poeta gutural de alto cuerpo y rango.

14. Rogelio Sosa - «Daturas» (2014)


Si bien el trabajo de Rogelio Sosa ha sido clave para abrir aún más el espectro de la experimentación sonora nacional, ya sea desde su participación como gestor cultural o al frente de piezas sonoras enfocadas al ruido o la ópera, su trabajo discográfico suele tener una consistencia y coherencia mucho más aterrizadas, amén de sus licencias musicales-ideográficas mucho más inmediatas, acercando su lenguaje y complejidad habitual con un público escucha mucho más amplio.

En «Daturas», Sosa pone de alguna forma punto final a la búsqueda emprendida en torno a las posibilidades de la guitarra y los pedales, así como esa cercanía que en algún momento lo emparentó con el ruidismo, los ánimos metal y sus postrimerías como la muerte y una agonía elíptica y trastocada por los procesos electrónicos. Un disco que a la fecha se siente poderoso, fresco y de una transición vital al interior del corpus de uno de los artistas más notables de las últimas décadas. Bilis negra, a tope.

15. (SIC) – «(SIC) Live at NK, Berlin» (2014)


Brutalismo, guturalidad y vértigo son adjetivos que apenas acarician la experiencia cercana a presenciar en vivo a uno de los duetos más potentes de la música mexicana, a cargo de Julián Bonequi (batería y voz) y Rodrigo Ambriz (procesos electrónicos y voz), quienes montan una bestia insaciable de hierro ruidístico, para llevarnos de vacaciones por unas catacumbas de consecuencias físicas.

Gorgoritos, eructos, los puentes frágiles de la improvisación y la composición, así como reminiscencias esotéricas son todo un tour de force por una montaña mágica de cuño desafiante. Este registro en vivo, editado por el netlabel de Bonequi (Audition Records), nos muestra al dueto en pleno.

16. Aimée Theriot - «They Call It A Fantasy» (2017)


Originaria de Mérida, Yucatán, el trabajo de la cellista Aimée Theriot ha partido de la formación clásica en donde la composición, la técnica y el rigor ponderan, para transmutar a una exploración mucho más amplia y compleja, misma que hoy es un diálogo constante de forma intensiva, que lo mismo tiende puentes con el arte contemporáneo, la ciencia, las nuevas tecnologías o el lenguaje de otras disciplinas, así como con el sentido social de la música y el sonido en el México actual.

Proveniente de un concierto en el Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México en 2017 y en colaboración con María Lipkau, They Call It A Fantasy es una pieza basada en el trabajo de poetas feministas latinoamericanas y estadounidenses, como parte de un proyecto mucho más amplio que comprende piezas sonoras, instalaciones y escritos que intentan dar a conocer la crisis humanitaria que está ocurriendo en México, en donde al menos –hasta aquel momento– siete mujeres eran asesinadas todos los días.



17. Concepción Huerta - «Personal Territories» (2019)


Hasta hace muy poco, en México las vanguardias y las rupturas artísticas pertenecían, en su mayoría, a los hombres "de trayectoria" y a las élites sociales. Y si bien craquelar ese canon ha costado décadas, pugnas y reformulaciones, hoy podríamos hablar que con la llegada de proyectos a manos de artistas como Mabe Fratti (Guatemala), Camille Mandoki, Libertad Figueroa, KOI, CNDSD y la misma Concepción Huerta, la experimentación sonora tiene la oportunidad de ser mucho más colorida, divergente y vital, pero sobre todo, de estar a ras de suelo, ahí en donde la intuición y la realidad de lo que acontece a los de a pie puede afectar directamente el resultado.

El debut discográfico de Concepción Huerta, quien anteriormente estaba enfocada más en el campo fotográfico y audiovisual, marca en cierto modo la transmutación de una búsqueda; una llegada que es inicio y eslabón para contar la música y la exploración sonora en México desde un corpus completamente íntimo, novel y potente en su discurso, al tiempo que fresco, fascinante y vital.

18. Microhm [μΩ] - «Infinita incertidumbre» (2020)


Al igual que las artistas mencionadas en el rubro anterior, el debut de la tijuanense Leslie García en el ya mítico sello Static Discos formó parte de una bocanada de aire fresco para la música que se hace en México, así de amplio e importante, sobre todo en el caso de García, quien ha abarcado distintas facetas de su trabajo creativo, inmiscuyéndose con un trabajo colaborativo, generativo y de profundas miras tecnológicas (Interespecifics), al igual que la pista de baile (Latam Tapes) o los beats y frecuencias resquebrajadas (Microhm).

En poco tiempo, Microhm ha llevado los beats y las texturas sonoras a terrenos mucho más complejos, trastocando sus bordes plásticos, poéticos y evocativos, que los meramente musicales. Con Infinita incertidumbre, García logra apuntar hacia lo que pocos artistas han logrado durante los más recientes y cruentos meses en el mundo, que es retratar la ansiedad y lo aciago de los tiempos de forma oportuna y genuina, con un resultado de una densidad sonora profusa y delineada que no pierde eje en ningún momento, meciéndose entre el caos y la estructura de forma notable.

19. Gudinni Cortina - «La sombra es la reina del color» (2020)


Al igual que Rogelio Sosa (Radar, Aural, Germinal), Julián Bonequi (Audition Records), Israel Martínez (Suplex, Abolipop), Juanjosé Rivas (Volta) o Manrico Montero (Filtro, Mandorla), la labor de una persona del calibre de Gudinni Cortina se ha extendido más allá de su expresión artística sobre una mesa o a través de las bocinas, sino que ha comprendido las prácticas exploratorias en torno a la creación de públicos, la conformación de redes colaborativas, además de una compleja red artística para repensar el sonido.

Tal es el caso de Umbral, espacio que ha reunido a una amplia pléyade de artistas (músicos o no) en torno a la reflexión del sonido, a través de encuentros distintivos, experiencias sui géneris y jornadas intensivas entre lo musical, lo experimental, lo performático, lo filosófico, la electroacústica, lo gestual, lo objetual y más allá.

Por si fuera poco, el trabajo de Gudinni Cortina parece siempre dar espacio para que hablen los otros, o mejor dicho, lo otro, lo aquello, cercano o remoto. Una obra difícil de rastrear de forma puntual, discreta y aparentemente tangencial, incluso aparentemente mínima o que funciona por sustracción. Sin embargo, sus trabajos mantienen la impronta de la exploración artística (no solo sonora, aunque sí muchas veces con esta al frente) como una ventana hacia la otredad y la reflexión del mundo de forma supraespecial y generosa.


20. «Le TRASH CAN / LENG TCHÉ» (2021)


Conforme las herramientas se fueron volviendo más accesibles y las prácticas en torno a la experimentación sonora en México se han ido extendiendo, hay ciertos oleajes que a veces lo fatigan o irritan; a veces le da por la electrónica, el glitch o la frecuencia mínima, y otras tantas hay un abuso de la estridencia, la disonancia y el ruido brutal (saludos a todas las bestias decibélicas en torno a Ruido Horrible), lo que en ocasiones vuelve complejo dar con las excepciones o con los monstruos más ejemplares. Manu Armida (Le Trash Can) es uno de ellos.

Pasadez de rosca, volatilidad violenta y ruido a tope, Le Trash Can se cuece a parte, toda vez que la colocación, visceralidad y energía en torno al matiz de su propuesta es genuina en forma y fondo. Salvaje como pocos, el ruido facturado por Armida es quirúrgico y valiente, como una coraza de defensa-ofensa y ataque a la hostilidad del mundo actual, sin que este parezca una impostura o mero ardid de forma.

Este split en mancuerna con otro titán, el tapatío Gonzalo Villa (Leng Tché), anima y articula un insoportable mano a mano adictivo, cochambroso y bestial, al que le duele todo y que no tiene concesión con nada, incluso se da un espacio para el humor, algo que es muy complicado colocar con maestría en el ruidismo y la experimentación. Pequeña gran joya de 2021.


https://archive.org/details/2017-03-18-06-27-27/LENGTCHE_SPLIT_LTC-MASTER.wav